Guy de Maupassant. Mauro Cascioli. El Horla.

h34.pngLa edición ilustrada de El Horla y otros cuentos publicada por la editorial Libros del Zorro Rojo con imágenes de Mauro Cascioli (Buenos Aires, 1978) se encuentra entre los álbumes más sugerentes publicados sobre literatura terrorífica en los últimos años entre nosotros, y lo saludamos con el mismo entusiasmo con el que nos despertó la edición ilustrada por Santiago Caruso de El monje y la hija del verdugo de Ambrose Bierce que fuera publicada por  la misma editorial en 2011.  El título reúne tres relatos –«El Horla», «La cabellera» y «Aparición»–, siendo las ilustraciones responsabilidad de Mauro Cascioli, bonaerense como Caruso.

CA00086401_primera_rgb_alta.jpgLa obra de Guy de Maupassant (Dieppe, Normandía, 1850-París, 1893), muy extensa, ha conocido la publicación de diferentes selecciones de sus muy numerosos relatos de acuerdo con diversos ejes temáticos. Un criterio editorial diferente es el del muy recomendable volumen de la colección Letras Universales de la editorial Cátedra[1] en edición y traducción de Isabel Veloso, que ofrece, en la decena de relatos que contiene, un muestrario de diversos ejes temáticos, desde el de terror hasta el costumbrismo[2].

horla_cover redesEl volumen que nos ocupa ofrece tres relatos de naturaleza fantástico-terrorífica traducidos por Mauro Armiño. La primera obra publicada por Maupassant, el relato «La mano desollada» (1875)[3], pertenece, precisamente, al género fantástico y horripilante, aunque su construcción resulta tan abierta o ambivalente que el suceso narrado bien podría tener una explicación racional, que no obstante no seduce ni a quien escucha la historia en el relato ni, nos tememos, al lector. Una tensión que se cifra conscientemente en el relato, en boca de su narrador entre lo “sobrenatural” y lo “inexplicable”, término este que aún confía en la posibilidad del triunfo de la razón antes de precipitarse a consideraciones que desafían lo racional, lo sensible y lo empírico. ¿Podría la mano de un muerto consumar la venganza del cuerpo de la que fue amputada? Maupassant no se detiene con denuedo en este primer relato en digresiones macabras, más allá de las necesarias, ni avanza en la dirección de detalles morbosos salvo en la fantástica descripción de una mano que se mueve como un animal, como si sus dedos fueran patas[4].

a r71Como el juez de «La mano», «Aparición» (Apparition, 1883) es el relato de un hombre de quien no sabemos mucho. Se trata de un marqués, de ochenta y dos años, que asiste a una sesión en la que los reunidos se cuentan historias difíciles de creer, pero de cada uno de los cuales su respectivo orador ha de estar en condiciones de aseverar su veracidad. El hombre refiere una anécdota que le ocurrió hace cincuenta y seis años cuando, en junio de 1827, se hallaba en Ruán como guarnición. Tras aceptar la petición desesperada de un viejo amigo, viudo e increíblemente envejecido, de traerle unos documentos que descansan en la habitación del castillo que compartió con su esposa, el narrador asistirá a un episodio sobrenatural del que no se halla ausente una cierta sensualidad. Una sensualidad que es, precisamente, la que caracteriza a las dos ilustraciones de Cascioli. La sensualidad del relato de Maupassant se encuentra hábilmente lograda en la ilustración del retrato femenino de perfil y a color (en la p. 74) que se reduce al rostro de una joven, con esa belleza lánguida y pálida decimonónica, y a su larguísima cabellera, configurada como un ensamblaje de referencias macabras y de seres ambivalentes, como una curiosa crisálida con rostro de mujer. Precisamente, como en las ilustraciones de los dos restantes relatos, Cascioli abunda en la representación de seres alados, insectos y lepidópteros, en los  que aúna, con siniestra habilidad, lo encantador y lo atemorizador.

c 56.jpg«La cabellera» (La Chevelure, 1884) contagia en el narrador anónimo la misma obsesión  que ha poseído al  demente al cuidado de un médico amigo suyo. Un interno sobre cuyo diario el médico ha logrado despertar su interés, como el del lector, al presentarle de esta forma: “Sufre de locura erótica y macabra. Es una especie de necrófilo. Además, ha escrito un diario –que es transcrito en las pp. 54-64–, que nos muestra de la forma más clara del mundo la enfermedad de su ánimo”[5]. El paciente es un hombre, obsesionado por el pasado, y, favorecido por su holgada condición económica, coleccionista de antigüedades, descubre en un anticuario parisino un mueble antiguo, atribuido a un maestro veneciano del siglo XVII, Vitelli –que Cascioli ilustra en la p. 56 aunando de manera ejemplar lo objetivo con lo fantástico, la letra y el espíritu del relato de Maupassant) –. Un mueble que adquiere y en el que, en un cajón secreto descubre un objeto que ha sobrevivido a su dueña[6]. Antes ha hablado de un reloj de pulsera de mujer, pero ese objeto que le obsesiona por completo no es una pertenencia externa, sino un vestigio de su propio cuerpo: el único que no se corrompe: una caballera cuidadosamente trenzada sobre cuya misma existencia fantasea tiñendo su imaginación de horror y dolor.

Como lo está, mas con tintes más macabras en la audacia de haber dispuesto una doble página con un desnudo femenino, al modo de las pin-up de las revistas para adultos, en la que la sensualidad de su protagonista está acechada por numerosos motivos misteriosos en los que abundan las metamorfosis, las hibridaciones  una aparición que se recorta sobre una noche estrellada y sin ninguna referencia a un escenario específico en una imagen enmarcada y cuyo marco constituye todo un catálogo de las imágenes que parecen seducir al ilustrador, y en las que elementos naturales que parecen estar dotados de una vida metastásica en seres que aúnan características botánicas –hojas y flores–, zoológicas –mariposas, serpientes, lechuzas– y aun humanas, sensiblemente femeninas.

h 20.pngFinalmente,  «El Horla» (L’Horla, 1887), el más extenso y el más célebre de los tres relatos reunidos en el volumen ilustrado por Cascioli, se constituye –de nuevo– en la transcripción de las anotaciones de un diario comprendidas entre los días 8 de mayo y 10 de septiembre de un año que queda sin identificar. Su segunda entrada –el 12 de mayo–, ya denuncia la volatilidad del ánimo de su autor, sospechando que el aire que respiramos está cargado de “incognoscibles Potencias” (p. 13) que nos azotan con su influencia, y lamenta la precariedad de nuestros sentidos para conocer el mundo[7]. O la necesidad de poblarlo de fantasmas cuando acecha la soledad[8]. El 25 de mayo refiere el contenido de una pesadilla que le azota con pertinacia. En ella, una presencia se encarama a su cama con la intención de estrangularle. Pesadillas que regresan tras su vuelta a su hogar después de un periplo que le consuela temporalmente. Solaz que encuentra, el 2 de julio, en una naturaleza transcendente, en el monte Saint-Michel, donde, tras horas de marcha, logra alcanzar la abadía que corona un peñón y que considera nada menos que “la más admirable morada gótica construida por Dios sobre la tierra”[9].

Más allá de los malos sueños, el consumo de agua de la jarra de la mesita –pues es visible su merma, y del que no tiene conciencia, le conduce a un nuevo temor, esta vez en el plano de la existencia tangible: la duda de si será o no sonámbulo[10]. Un nuevo viaje, en esta ocasión a París –donde comprobará la eficacia del hipnotismo en la persona de su prima–, parece despejar sus temores, pero una semana después de su regreso se ve conducido nuevamente al tormento al ver que una presencia invisible actúa como si se tratara de una persona. No obstante, el delirio ya no se encarna en una figura ajena a él, pues en días sucesivos será él mismo quien se siente bajo la influencia de un ser que doblega su voluntad, de un “merodeador de una raza sobrenatural”[11] (p. 37), a quien en su entrada del 19 de agosto bautiza como “el Horla”[12], y a quien considera que ha arribado en barco a Francia procedente de Brasil. El desenlace queda abierto, salvo el hecho de que el tormento acompañará al autor del diario hasta su muerte, que no parece distar mucho de la fecha de la última entrada del diario.

Difícilmente podría haber llegado más lejos Cascioli en su glosa visual del relato. Como en sus restantes trabajos, la ilustración no constituye una representación visual de la literalidad del texto, sino de alucinaciones icónicas en las que parece haberse contaminado del espíritu alienado de los anónimos antihéroes que protagonizan los cuentos, los tres reunido aquí, que sensiblemente responden a la estructura del “relato marco”, tan frecuente en la literatura fantástica. Marco que constituye la apariencia de normalidad del mundo tangible y que, por contraste, aumenta el carácter perturbador de unos cuentos publicados hace más de un siglo. Así, por ejemplo, ocurre en las ilustraciones que presentan sus paseos por el bosque de Roumare (pp. 16-17), o por el jardín de su residencia (p. 34), en las que la naturaleza se presenta como una metástasis animista. Del mismo modo, la ilustración de la p. 48 se enfrenta a la mención del episodio del espejo referido en segunda de las entradas fechadas el 19 de agosto, un hecho, próximo al desenlace, y materia que rubricará definitivamente el relato, en el que el delirio se torna una manifestación del motivo del doble. Una explicación que no desarrolla Maupassant, lamentablemente, por cuanto su aportación a un tema central de la literatura fantástica podría habernos resultado muy provechosa.

Notas

[1] La misma colección ya había presentado una edición de una de las novelas, probablemente la más popular, del escritor. Cfr. Maupassant, Guy de: Bel Ami. Ed. de Mª José Toña y tr. de Monserrat González Ruiz. Madrid, Cátedra, 1996.

[2] Maupassant, Guy de: El Horla y otros cuentos. Ed. y tr. de Isabel Veloso. Madrid, Cátedra, 2002. En 2018  publicó la quinta edición del volumen.

[3] Una traducción de su versión definitiva, “La mano” (1883), se encuentra en Maupassant, Guy de: El Horla y otros cuentos. Op. cit., pp. 130-136. En su introducción, Veloso sitúa de este modo el acontecimiento: “[lo] publicó en un periódico de provincias por mediación de su amigo Léon Fontaine, primo del editor. Llevado por la emoción, Maupassant envió el texto a Flaubert, que no lo valoró demasiado, criticando sus excesos románticos y sus claras influencias de Nerval, Hoffmann y Poe”. Ibíd., p. 16.

[4] Como el personaje, sí, Thing T. Thing (o Cosa) de The Addams Family, de Charles Addams.

[5] Maupassant, Guy de: El Horla y otros cuentos de locura y horror. Tr. de Mauro Armiño. Barcelona, Buenos Aires y Ciudad de México, Libros del Zorro Rojo, 2018, p. 54. Aunque el narrador, en el primer párrafo del relato ya había seducido a la imaginación del lector: “Uno sentía que aquel hombre estaba destruido, roído por su pensamiento, por un Pensamiento, como una fruta por un gusano (…) Ella [su locura], la Invisible, la Impalpable, la Inasequible, la Inmaterial Idea minaba la carne, bebía la sangre, extinguía la vida”. Ibíd., p. 53.

[6] Con anterioridad, el diario revela la pasión por los objetos del paciente. Se trata, muy inteligentemente, de un objeto que mide, precisamente, el paso del tiempo: en concreto, un reloj de pulsera de mujer. Un instrumento que, es, asimismo, un constante memento mori, un recordatorio de que el tiempo pasa y que cada segundo que transcurre uno se halla un segundo más cerca de la muerte; “¡porque las cosas se aman! Con frecuencia me quedaba horas mirando un pequeño reloj del siglo pasado. Era tan bonito, tan precioso, con su esmalte y su oro cincelado. Y todavía andaba como el día en que una mujer, en el arrebato de poseer una joya tan fina, lo había comprado”. Ibíd., pp. 54-55.

[7] Del mismo modo se pronuncia el monje de la abadía que vista en el monte Saint-Michel, quien le guía por la fábrica, pero en este caso para sembrar la duda sobre la posibilidad de la existencia de seres “distintos a nosotros” (ibíd., p. 19; la expresión es del narrador) en referencia a unas criaturas híbridas –dos ejemplares caprinas con rostro de hombre el otro, de mujer -de las que se habla en la comarca.

[8] Lo que explicita un pasaje de la entrada correspondiente al 12 de julio, cuando se halla en París; “No hay duda, la soledad es peligrosa para las inteligencias que trabajan. Necesitaos a nuestro alrededor a hombres que piensen y hablen. Cuando estamos solos mucho tiempo, poblamos el vacío de fantasmas”. Ibíd., p. 23.

[9] Maupassant, Guy de: El Horla y otros cuentos de locura y horror. Op. cit., p. 18. “Vuelvo. Estoy curado” (ibíd.), comienza la entrada del diario, conmoviendo al lector con un arrebato promisorio que los acontecimientos habrán de contradecir.

[10] “Sin saberlo, vivía esa doble vida misteriosa que hace dudar de si hay dos seres en nosotros, o si un ser extraño, incognoscible e invisible, anima a veces, cuando nuestra alma está abotargada, a nuestro cuerpo cautivo”. Ibíd., p. 22.

[11] Ibíd., p. 37.

[12] Veloso señala que podría constituir la yuxtaposición de las voces hors y ; para indicar “el de fuera” (Maupassant, Guy de: El Horla y otros cuentos. Op. cit., p. 120). Armiño ofrece datos más prolijos: “Para Forestier (Contes et nouvelles, ed. cit., II, p. 1621), y para Antonia Fonyi (Le Horla, Garnier Flammarion, 1984, p. 197-198), habría que retener la interpretación más sencilla: hors là («fuera»). Maupassant, Guy de: El Horla y otros cuentos de locura y horror. Op. cit., n. 1, p. 12. Y, del mismo modo; “Horla sería aquel que está «en otra parte»”. Ibíd., n. 6, p. 40. No obstante indicar la primera nota una referencia a una “obra citada” de Forestier,  el volumen no ofrece mayor información bibliográfica.

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Acerca de juliocesarabadvidal

Julio César Abad Vidal es Premio Extraordinario de Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid, es Doctor en Filosofía (Área de Estética y Teoría de las Artes), Licenciado en Historia del Arte y Licenciado en Estudios de Asia Oriental, asimismo por la UAM. Desde su primera publicación, en 2000 y, en sus proyectos como docente y comisario, se ha dedicado a la reflexión sobre la cultura contemporánea con tanta pasión como espíritu crítico. Crédito de la imagen: retrato realizado por Daniela Guglielmetti (colectivo Dibujo a Domicilio); más información en https://juliocesarabadvidal.wordpress.com/2015/07/29/dibujo-a-domicilio-un-cautivador-proyecto-colectivo-socio-artistico/

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