Frankenstein bicentenario. Shelley

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Mary Shelley publicó la primera edición de Frankenstein en 1818, una obra literaria de extraordinaria repercusión en el imaginario popular,  mas que lamentablemente, como ocurre en tantos casos, más bien derivada de recreaciones libérrimas y a menudo superficiales que por el texto original. Mary Shelley publicaría en 1831 una segunda y definitiva versión que es la más frecuente en el mercado editorial. Pese a que no somos adeptos a la celebración de este tipo de fastos de mercadotecnia, nosotros, que hemos admirado esta novela desde la que leímos hace dos décadas por primera de tal vez las cuatro o cinco ocasiones en que lo hemos hecho, haremos una excepción en el bicentenario de la publicación de su primera edición.

El lector en lengua española dispone de una loable edición de la primera versión de la novela realizada por Isabel Burdiel, publicada en la colección Letras Universales de la editorial Cátedra en 1999, y con numerosas reimpresiones posteriores (en 2018 se ha publicado la duodécima edición), que se beneficia de un magnífico cuerpo de notas aclaratorias y un ensayo preliminar extraordinariamente informado[1]. Lo que, en una novela de construcción tan metaliteraria como la presente resulta del todo provechosa, diríamos imprescindible. Sin necesidad de acudir a los estudios filológicos y de los manuscritos, el lector que se beneficie de la lectura de este volumen podrá seguir las aportaciones de Percy Bysshe Shelley a lo largo del relato y será conducido a las referencias literarias que se hallan salpicadas en sus páginas, advirtiendo en John Milton el nombre del padre de esta fenomenal aunque irregular aventura literaria lograda cuando la autora no había aún cumplido veinte años de vida.

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Mary Shelley publicó la primera edición de su novela, Frankenstein; or The Modern Prometheus, toda ella construida de forma epistolar, con interpolaciones de historias menores que apenas afectan al desarrollo central del libro (como el episodio de Safie) en 1818. Lo hizo en tres volúmenes la editorial londinense Lackington, Hughes, Harding, Mayor and Jones. El prefacio, aunque no estuviera firmado por su autor, fue escrito por su marido, Percy Bysshe Shelley, quien el manejo de las fuentes ha demostrado haber tenido una presencia notable en la escritura, pese a la afirmación del prólogo a la segunda edición, firmado con su iniciales y fechada Londres, el 15 de octubre de 1831, a una década de fallecido el poeta[2].

Frankenstein es una suerte de épica pararreligiosa en prosa en la que no existe redención, una suerte de exploración alucinada y pseudocientífica del Paradise Lost, una obra literaria de proporciones prometeicas. Y es que la primera versión de la obra se abre con una cita estremecedora de esta obra inconmensurable: “¿Os solicité, Hacedor, tomar mi arcilla y moldearla como hombre? ¿Os imploré dejar la oscuridad?”[3]. Preguntas hermanas de las que habrá de dirigir la infausta criatura al autor de sus días.

Existen tantas y tan profundas resonancias para el lector moderno, que parece que Mary Shelley hubiera escrito su obra para que saquemos su máximo provecho en el presente, una época en la que el hombre inflige a la naturaleza un daño irreparable hasta el extremo de resulta ya, probablemente, irreversible. El lector que sienta conmiseración por la criatura, no podrá dejar de sentirse angustiado por la irresponsabilidad del creador, quien abomina de su creación en el mismo instante de lograr el éxito y por un motivo repetido insistentemente a lo largo del relato: una repugnancia de carácter estético. Y es que resulta del todo perturbador que el científico no prevea la violación de un cierto canon estético cuando él mismo ha elegido la gigantesca estatura que habría de tener su cuerpo y ha unido las partes que componen la anatomía de su creación. Su protervo logro estriba no tanto en la resurrección de un cadáver cuanto en la animación de un complejo tejido de ingeniería de carne y de nervios, que tan solo la segunda edición de la obra permite identificar inequívocamente como una práctica de galvinismo. La criatura, maldecida queda sin nombre, no recibiendo más que descalificativos llenos de odio y oprobio, y se nos muestra como un descastado de una sensibilidad pareja a su ostracismo y a su fortaleza física. Y a su obstinación, en lo único en lo que parece igualarse a su creador. Un hombre, por cierto, que se expresa más pobremente que la obra a la que tan injuriosamente rechaza sin paliativos –una vez parece apiadarse de él, pero lo achaca a una malévola capacidad manipuladora de su engendro–, siendo las partes en las que cobra voz las más sugestivas y memorables de la obra toda, y en las que el lector asiste a la transformación en el autorretrato del monstruo empleando un mismo hipotexto (del que es padre Milton), que el personaje halla, junto a otros dos volúmenes (el Werther y las Vidas paralelas) y con el cual aprenderá a leer. Si al comienzo se trata de Adán, el desarrollo de su infortunio le condena, por mor de la envidia, a ser Satán. Esta criatura supera al hombre corriente en muchos aspectos, curiosamente, biológicos. Pero, por encima de todo, resulta memorable por la poesía mediante la que expresa la profundidad insondable de su necesidad de amar y de ser amado, algo que la impotencia, disfrazada de virtud, de su creador le veda para siempre.

Pese a las primeras intervenciones de Victor Frankenstein dirigidas a su rescatador, Robert Walton, el desenlace de la primera versión resulta inquietante por cuanto el científico morirá sin arrepentirse de su hybris[4], extremo que contradice la interpretación que la autora brindaría sobre su propia obra en la segunda edición: “Debía ser algo terrorífico, sumamente terrorífico, que una empresa humana resultara en una burla del magnífico mecanismo del Creador”[5]. Y es que, la criatura dará fin a sus desventuras auto inmolándose (el fuego, en lugar de la promisoria y dadivosa llama de Prometeo, presenta  en Shelley siempre connotaciones destructoras), sin lograr el consuelo de ser sinceramente escuchado por su irresponsable hacedor.

Notas

[1] Una opción que responsable de la edición justifica con admirable elocuencia: “Nada hay en la versión de 1831 que mejore sustancialmente el manuscrito original como no hubo nada en la existencia de la Mary Shelley de entonces –empeñada en crearse a sí misma como una mujer respetable y en cultivar la imagen fantasmal de un marido idealizado que nunca existió– que superase la intensidad creativa de los años de su primera juventud”. Isabel Burdiel: “Introducción”, en SHELLEY, Mary W.: Frankenstein o El moderno Prometeo. Ed. de Isabel Burdiel. Tr. de Mª Engracia Pujals. Madrid, Cátedra, 1999, pp. 7-95. La cita procede de la p. 48.

[2] “Ciertamente no le debo una sola sugerencia o una mera línea de sentimiento a mi marido, y sin embargo, si no hubiese sido por su estímulo mi historia nunca hubiese la forma en que fue presentada al mundo. De esta afirmación debo excluir el Prefacio. Hasta donde puedo recordar fue escrito íntegramente por él”. “Introducción de Mary Shelley a la edición de 1831”, en SHELLEY, Mary W.: Frankenstein o El moderno Prometeo. Op. cit., pp. 347-353. La cita procede de la p. 352. Percy Bysshe Shelley contrajo matrimonio con Mary Godwin Wollstonecraft (Mary Shelley) en 1816, tras abandonar en 1814 a su primera esposa, Harriet Westbrook, con quien se había desposado en 1811, para fugarse a Suiza con quien escribiría Frankenstein. Nacido en 1792, en Horsham, Sussex, Percy Bysshe Shelley murió en 1822, al ahogarse en el Golfo de La Spezia, Italia, a la edad de veintinueve años.

[3] “Did I request thee, Maker, from my clay / To mould me man, did I solicit thee / From darkness to promote me […]?” (Paradise Lost, X, 743-745). MILTON, John: The Complete Poems. Ed. de John Leonard. Londre, Penguin, 1998, p. 355. La traducción es nuestra.

[4] Tal vez sea este el motivo por el que la edición de Cátedra se sirve para ilustrar su portada de una obra del pintor Caspar David Friedrich, Das Icemeer, o Die verunglückte Hoffnung (El Mar de Hielo, o El naufragio de la Esperanza, 1824, óleo sobre hielo, 49,9 x 96,7 cm. Hamburgo, Kunsthalle), que versa de una expedición fallida al Polo Norte. Un destino que parece perseguir compartir el capitán Walton.

[5] “Introducción”, en SHELLEY, Mary W.: Frankenstein o el moderno Prometeo. Op. cit., p. 13. De este modo, Si la primera versión deja abierta la cuestión sobre los límites del progreso, o de los pasos con los que debe conducirse, la segunda, en virtud de su introducción resulta abiertamente castrante.

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Acerca de juliocesarabadvidal

Julio César Abad Vidal es Premio Extraordinario de Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid, es Doctor en Filosofía (Área de Estética y Teoría de las Artes), Licenciado en Historia del Arte y Licenciado en Estudios de Asia Oriental, asimismo por la UAM. Desde su primera publicación, en 2000 y, en sus proyectos como docente y comisario, se ha dedicado a la reflexión sobre la cultura contemporánea con tanta pasión como espíritu crítico. Crédito de la imagen: retrato realizado por Daniela Guglielmetti (colectivo Dibujo a Domicilio); más información en https://juliocesarabadvidal.wordpress.com/2015/07/29/dibujo-a-domicilio-un-cautivador-proyecto-colectivo-socio-artistico/

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