De los prototipos gastronómicos de Paco Cuesta

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Paco Cuesta. Fotografía de Amaury Martínez

La presente entrada reproduce en su integridad el ensayo que dedicamos a Paco Cuesta en una publicación generada a partir de la exposición ¿Es inútil sublevarse? La Artefactoría: Arte y comentario social en el Guayaquil de los ochenta (Quito, Ministerio de Cultura y Patrimonio, y Guayaquil, Sor Juana Producciones, 2017; ISBN: 978-9942-30-128-4). El ensayo se encuentra publlicado en las pp. 121-135. En el mismo volumen se hallan los siguientes ensayos, asimismo de mi autoría, dedicados al resto de los artistas del colectivo La Artefactoría: “Flavio Álava y su serie magistral de collages carentes de título” (pp. 81-99), “Del cuestionamiento críptico y revulsivo de Marco Alvarado” (pp. 101-119), “De la instalación de Xavier Patiño sobre su proyecto artístico-pedagógico” (pp. 137-148), “Acerca de la experiencia del tiempo, de Marcos Restrepo” (pp. 151-161), y  “Un adecuado muestrario de las obsesiones de Jorge Velarde” (pp. 163-179). Materiales todos ellos que irán siendo compartidos en este portal en un futuro.

De los prototipos gastronómicos de Paco Cuesta

La contribución de Paco Cuesta (Guayaquil, 1953) a la exposición ¿Es inútil sublevarse? La Artefactoría: Arte y comentario social en el Guayaquil de los ochenta se cifra en siete objetos o utensilios relacionados con sendos platos típicos ecuatorianos. Al igual que Flavio Álava, Cuesta tampoco ha desplegado una actividad muy prolija dentro del ámbito expositivo. No obstante, en realidad, su formación es predominantemente audiovisual, habiendo cursado estudios cinematográficos en Estados Unidos, concretamente en The University of Kansas. Si bien es cierto que Cuesta ha mantenido profesionalmente una mayor dedicación al ámbito televisivo –es Director de la emisora Ecuavisa desde 1999 hasta la actualidad–, puede, asimismo, ser considerado como el pionero del videoarte en Ecuador[1].

La integridad de sus obras realizadas ex profeso para la exposición se relacionan con la gastronomía y ello se debe a dos motivos. El primero tiene que ver con sus reflexiones personales en torno a la propia naturaleza y a la deriva de La Artefactoría. La segunda de estas causas parte de una reflexión sobre la cultura popular de su país, concretamente, la gastronómica.

En torno a la primera de las vinculaciones gastronómicas de la integridad de las obras presentadas en la muestra, Cuesta ha afirmado que: “La Artefactoría nace y muere con la Revista Objeto-Menú[2]. En efecto, podría considerarse a Revista Objeto-Menú como el primer trabajo colectivo sensu stricto de La Artefactoría. Fue concebido como una suerte de libro de artista con una edición limitada a doscientos cincuenta ejemplares. En esta obra colectiva, realizada en 1983, cada una de las contribuciones de los artistas de La Artefactoría, a excepción de Marco Alvarado[3], quien fue excluido en el último momento, y que contó asimismo con la colaboración de Ismael Vargas, se ocupaban de sendas relecturas sobre la gastronomía. La edición, presentada en una caja, contaba, asimismo, con un texto programático de Juan Castro y Velázquez, fundador y guía del colectivo en su primera época[4].

La segunda de las vinculaciones con la gastronomía de esta intervención encuentra su justificación en las consideraciones de Cuesta en torno a la cultura gastronómica de su país, y, en concreto, en lo referente a la presentación de sus platos, que –de acuerdo con el artista– no hace justicia a la calidad de la gastronomía nacional. Para dar solución a esta circunstancia, Cuesta ha ingeniado siete complejos que incluyen vajillas, ollas o diversas máquinas para la elaboración, el consumo o la expendición de sendos platos de la gastronomía nacional. Los prototipos, numerados del 1 al 7, corresponden, en su orden de numeración, a los siguientes utensilios: Dispensador de humitas, Tabla cangrejera, Olla macho para caldo de salchicha, Esferas para bolones y Boloneras populares, Cirueleros, Olla para caldo de bola, y finalmente, Sopera y pocillos de sopa de fideos cabello de ángel (sopita de enfermos).

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Fotografía de Amaury Martínez

El primero de estos dispositivos, Dispensador de humitas, consiste en un prototipo metálico, confeccionado por Gustavo Buenaño, que –como indica su nombre– sirve como expendedor de humitas. Al presentar su contenido en un envoltorio, si bien no plástico –como sí ocurre en el caso de los alimentos distribuidos en este tipo de mecanismos, a menudo de comida chatarra (o comida basura) –, sino natural (la propia hoja de maíz), el alimento parece adecuado para su disposición en un aparato de estas características. El dispositivo está acompañado, incluso, de una fuente de calor que evita que el alimento esté tibio al ser retirado del dispensador.

El segundo prototipo, Tabla cangrejera, consiste en un dispositivo que permite golpear los crustáceos de forma ordenada, reduciendo el ruido de los pertinaces martilleos, y que evita, asimismo, la picaresca de los clientes de los establecimientos hosteleros[5]. Los cajones, dispuestos a la izquierda de la mesa (el cajón de la derecha es el que cobija los cangrejos listos para el consumo), dedicados a albergar los desperdicios, añaden a todas las ventajas indicadas, la consecución de una mayor higiene durante el proceso.

Dos recipientes elaborados en arcilla presentan una configuración similar. Se trata de los prototipos tercero y sexto: Olla macho para caldo de salchicha y Olla para caldo de bola, respectivamente. Su disposición resulta similar, pues ambos sirven al consumo de unos guisos, si bien su novedad estriba en que ambas ollas permiten presentar las elaboraciones más sólidas netamente separadas del caldo, lo que sirve a una mejor distribución del alimento de acuerdo con los gustos de los distintos comensales. Como explica el manual de Olla para caldo de bola:

Antes de llevar el sopero a la mesa, coloque las bolas de verde, el choclo, la yuca y las rodajas de huevo duro sobre el doble-piso. El caldo permanecerá en el sopero, así, su vapor mantendrá los elementos sólidos calientes. Una vez en la mesa, permitirá a los comensales observar y escoger la cantidad y tamaño de estos antes de servirles en el caldo.

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Fotografía de Amaury Martínez

En el exterior, la Olla macho para caldo de salchicha presenta un inequívoco carácter viril, como reconoce el mismo título del prototipo: una de sus asas constituye una representación cerámica de un falo. Y ese contenido macho redunda en el hecho de que este plato –cuyo ingrediente fundamental es la tripa de cerdo rellena de su sangre y de otros alimentos, frecuentemente el arroz–, sea llamado “caldo de manguera”, por servirse en homenaje a los bomberos de Guayaquil cada 10 de octubre. Precisamente, en el manual de instrucciones de este prototipo se halla –como veremos– un colofón misógino, frecuente en la incipiente producción literaria del propio Cuesta.

El cuarto de estos prototipos, Esferas para bolones, consiste en cuatro recipientes cerámicos, confeccionados por el alfarero Fernando Vargas, y pintado cada uno de ellos enteramente con un color plano, los tres colores primarios, repitiéndose en dos ocasiones el color amarillo (la franja amarilla de la bandera ecuatoriana presenta el doble de anchura que las bandas azul y roja, bajo aquélla). Estas esferas han sido concebidas con el propósito de mantener calientes los bolones hasta su consumo. Irónicamente, Cuesta ofrece junto a las esferas cerámicas, varios ejemplares de una versión más modesta del prototipo, Boloneras populares, realizadas en arcilla, carentes de cromatismo y con un acabado que resulta muy basto en comparación con el que ofrecen las más exclusivas Esferas para bolones.

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Fotografía de Amaury Martínez

El quinto dispositivo, Ciruelero es, probablemente junto a la sopera y los pocillos para el consumo de la sopa de enfermos, de la que nos ocuparemos a continuación, la obra más vistosa del conjunto. Realizadas por el escultor Marco Tulio Ochoa, Ciruelero se constituye en una suerte de bandeja metálica de un cálido y brillante color plano –en la exposición se muestran una roja y otra azul–, que sirve para el consumo de ciruelas, dispuestas sobre las oquedades abiertas en su superficie, y dotada de dos ojos y de dos compartimentos para la sal con la que se acompaña al gusto del consumidor la fruta, así como de otros dos recipientes para los huesos de las ciruelas degustadas.

Finalmente, el séptimo de los prototipos –el sexto, Olla para caldo de bola, ya ha sido mencionado– se dirige al consumo de la sopa cabello de ángel, para la que Cuesta ha confeccionado, sirviéndose de elementos adquiridos al alfarero Flavio Suárez, cuencos (pocillos) que presentan en su interior ángeles tridimensionales, así como soperas coronadas con una representación del Arcángel San Gabriel, “guardián –como reza, asimismo, el manual– de los enfermos”. Cuencos y soperas se han elaborado exclusivamente en porcelana blanca. La estética amable y un tanto relamida del conjunto resulta eficaz en transportarnos a la candidez de los cuidados recibidos en la infancia.  Una candidez que reafirma el contenido mismo del manual, que sugiere: “Al servirla, no cubra al querubín que se encuentra dentro del pocillo con los fideos cabello de ángel, ya que su imagen tiene un efecto curativo sobre el enfermo”.

Cada uno de estos dispositivos, vajillas, etc., se presenta en la exposición en una vitrina y está acompañado por sendos folletos, como una suerte de manual de instrucciones que puede ser consultado en sala. Contrariamente al lenguaje neutro que caracteriza a la redacción de estas guías, los manuales elaborados por Cuesta presentan el característico y cáustico humor del autor, tan crítico contra ciertos usos de la sociedad ecuatoriana como cargado, tanto de ataques inmisericordes dirigidos contra el consuetudinario “buen gusto”, como de una vitriólica misoginia. En la época nuestra en la que asistimos al progresivo empoderamiento de las mujeres, y en la que se mantiene muy activa y en numerosos frentes la lucha en pos de la igualdad de oportunidades de hombres y mujeres en el acceso al mercado laboral, Cuesta aboga, contrariamente, por el abandono de las mujeres de las cocinas, para empoderar en ellas, en su lugar, a los hombres. Una manifestación incluida en el manual de la Olla macho para caldo de salchicha resulta extraordinariamente explícita en este sentido. En ella se afirma:

-Homenaje a las mujeres que voluntariamente abandonaron el espacio-cocina.

-Permitió, a los hombres adentrarse en un territorio antes vetado para ellos.

-Ahora, la cocina de hogares, restaurantes, comedores, etc., nos pertenece.

-Gracias otra vez.

-Firma: el autor.

 

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Fotografía de Amaury Martínez

Los característicos sentido del humor y del gusto que rezuman los prototipos y la redacción de sus respectivos manuales de instrucciones resultan compañeros de cuanto Paco Cuesta expuso en su comparecencia inmediatamente anterior en un espacio artístico institucional: el mismo museo para el que ha sido concebida la colectiva ¿Es inútil sublevarse? La Artefactoría: Arte y comentario social en el Guayaquil de los ochenta, donde, el 14 de abril de 2016, Cuesta inauguró una muestra peculiar ya desde su mismo título: … en la caja de cartón. En aquella ocasión, Cuesta presentaba fotografías manipuladas digitalmente concebidas para una publicación, titulada … en la caja de cartón. Cuentos (Guayaquil, edición del autor, 2016)[6]. El volumen compila un total de quince relatos literarios (muchos de ellos acompañados de este tipo de imágenes) así como cuatro fotorrelatos: “?”, “Algo”, “Sesión de fotos” y “Fotonovela cuadrada”[7]. Si bien todos los cuentos están fechados en su conclusión, el lector se sorprenderá con ciertas indicaciones por su carácter eminentemente ficticio o apócrifo. Así, los más remotos, tanto en un sentido pretérito como en el futuro son, respectivamente, “Piernas peludas”, fechado el 27 de febrero de 1954 –cuando Cuesta contaba apenas un año de edad–, y “Laj”, en el que se consigna como fecha de su escritura el 25 de marzo de 2025[8].

Algunos de estos relatos presentan de una u otra forma un contenido, asimismo, gastronómico. Se trata de un conjunto de cinco cuentos contenidos en una sección que recibe el título de “Cuentos de chef”[9]. Curiosamente, sus dos primeros relatos ofrecen lo que podría considerarse la confesión de una fobia a las enfermedades de transmisión sexual. Así, en “Hongos” un chef es atormentado por una infección mitótica en su región genital, mientras que en “Tóxica”, un chef inicia en su domicilio de Guayaquil una relación con una cangreja azul, una gigantesca mutación producida por la contaminación del Estero Salado, y que el autor, son su vitriólico estilo describe como “una cangrejita azul, que se nutrió de desechos que se encuentran en el fétido manglar. Alteró su crecimiento de tal manera, que se volvió deforme, obesa y monstruosa, sus patas son ahora más voluminosas que las de un hipopótamo alimentado con hormonas de chancho”[10].

La contribución de Paco Cuesta a la exposición ¿Es inútil sublevarse? La Artefactoría: Arte y comentario social en el Guayaquil de los ochenta, realizada específicamente para la muestra, y en colaboración con los alfareros Flavio Suárez, Fernando Vargas e Iti Vera, el escultor Marco Tulio Ochoa y el maestro metalmecánico  Gustavo Buenaño, constituye un notable ejercicio de reflexión social sobre usos y costumbres locales, imbuido de un humor, en ocasiones corrosivo, obra de un inclasificable autor –de quien la muestra recoge, asimismo algunos trabajos que pintara en la década de los ochenta, y que permiten tenerle en alta estima como pintor[11]–, y que ha abrazado y abraza la heterodoxia por bandera.

Notas

[1] Con las obras tituladas Pujos rosa (1976), Regreso a la transparencia (1980) y Primera Revelación: Adán y Eva en el Paraíso de Judith Gutiérrez (1982), esta última, una fabulosa obra presentada en la exposición de pinturas al óleo sobre lienzo, tapices, así como una instalación, de Judith Gutiérrez, El Paraíso y otras estancias, en las sedes del Banco Central en Guayaquil y de Cuenca (en julio y agosto, y en septiembre de 1982, respectivamente) y en el quiteño Museo Camilo Egas (en octubre de 1982).

[2] En una entrevista mantenida con el autor en la sala del Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo que alberga estas obras, el 3 de diciembre de 2016.

[3] La aportación que había preparado Alvarado para la ocasión fue bautizada como Desaparecido o Escapulario para un desaparecido, (la carne del menú) (1983, fotografía, de 3,5 x 2,4 cm, gasas  médicas, cordón de tela y hierbas aromáticas: canela en rama, botones secos de clavo y semillas de anís). La obra se identifica visualmente como una suerte de escapulario. Para la imagen que aparece en él, la del “desaparecido” titular, Alvarado tomó unas fotografías al cuerpo semidesnudo de un amigo, por lo que no se trataba, por motivos obvios, de la imagen de ningún desaparecido (no puede fotografiarse aquello que se ha hecho desaparecer después de que así haya sido). El cuerpo es un cuerpo comestible, canibalizado, como explicita el subtítulo de la obra (la carne), su ingrediente para el menú colectivo para el que originalmente previó la obra, aunque su participación quedara finalmente frustrada.

[4] La estrategia sería recuperada cuatro años después en una iniciativa titulada Bandera, una edición mucha más exclusiva, limitada a únicamente doce ejemplares, que ofrecía sendas obras de Álava, Patiño y Restrepo, así como dos aportaciones de Alvarado. En esta ocasión, el conjunto estaba acompañado de una declaración escrita, a modo de manifiesto, de Matilde Ampuero, cómplice en la gestión y la reflexión de La Artefactoría en una segunda etapa, y curadora de la muestra ¿Es inútil sublevarse? La Artefactoría: Arte y comentario social en el Guayaquil de los ochenta.

[5] “Nadie se llevará su martillo ya que la palanca-martillo está adherida estratégicamente a la tabla cangrejera”, afirma en el manual de instrucciones.

[6] La jornada inaugural de la exposición, y en el mismo Museo Antropológico y de Arte Contemporáeno, tuvo lugar, asimismo, la presentación de la ópera prima literaria de Cuesta a cargo de los escritores Jorge Velasco Mackenzie y Marcelo Báez Meza.

[7] Reproducidas, respectivamente,  en las pp. 45-59, 65-80, 141-148 y 211-235 del volumen.

[8] Publicados en las pp. 113-119 y 187-197, respectivamente. En una comunicación telemática con el autor, el 2 de febrero de 2017, Paco Cuesta afirma que el año en que está fechado el relato -2025- es, precisamente, “en el que pienso alejarme definitivamente de la TV. Este cuento es mi «carta de queja y renuncia»”. Otros dos reatos están fechados en el futuro. Se trata de “Hombrecitas” (pp. 155-158), y “El príncipe Charles y Usted” (pp. 171-177), datados, respectivamente, los días 25 de julio de 2017 y 21 de enero de 2020.

[9] Se trata de los titulados “Hongos” (pp. 87-94), acompañado de cuatro páginas con fotografías (pp. 88 y 95-97); “Tóxica” (pp. 99-106), junto con fotografías relacionadas (pp. 100 y 107-109); el ya mencionado “Piernas peludas” (pp. 113-119) junto a una fotografía en la p. 114; “Pescado frito” (pp. 121-133), que incluye una fotografía a página completa (p. 122) y que ofrece sendas imágenes junto al texto en las pp. 124-127 y 129;  y, “A las 9 de la noche” (pp. 135-138), acompañado de una fotografía a página completa (p. 136).

[10] Ibíd., p. 105.

[11] En particular por su extraordinaria La Última Cena (1986, óleo sobre tela, 206 x 305 cm), en la que no podemos dejar de reconocer un cierto aire de familia con la pintura de Eduardo Solá Franco, de quien Paco Cuesta realizó una adaptación televisiva titulada Los que vendrán, de una de sus obras literarias: la obra teatral en tres actos El árbol de tamarindo.

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Acerca de juliocesarabadvidal

Julio César Abad Vidal es Premio Extraordinario de Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid, es Doctor en Filosofía (Área de Estética y Teoría de las Artes), Licenciado en Historia del Arte y Licenciado en Estudios de Asia Oriental, asimismo por la UAM. Desde su primera publicación, en 2000 y, en sus proyectos como docente y comisario, se ha dedicado a la reflexión sobre la cultura contemporánea con tanta pasión como espíritu crítico. Crédito de la imagen: retrato realizado por Daniela Guglielmetti (colectivo Dibujo a Domicilio); más información en https://juliocesarabadvidal.wordpress.com/2015/07/29/dibujo-a-domicilio-un-cautivador-proyecto-colectivo-socio-artistico/

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