Jekyll, Hyde, Stevenson, Peake

BAJA El extraño caso de Jekyll y Hide

Nuestro imaginario está plagado de malas copias. De pobres adaptaciones. De préstamos de tercera mano. Por ello resulta enriquecedor acudir a las fuentes directas que se ocupan de algunos de los argumentos recurrentes en las narrativas que nos afectan. Uno de los aspectos más fascinantes de nuestro imaginario es el motivo del doble, una ilustración de la dicotomía entre el Bien y el Mal que se presta a peripecias misteriosas, y aun lúgubres. Una muy influyente tentativa en torno al doble como consecuencia de explorar la polaridad moral entre las personificaciones del Bien y del Mal, si bien no lo hace de un modo por completo satisfactorio, fue la lograda por Robert Louis Stevenson (Edimburgo, 1850-Valima, Islas Samoa, 1894) en The Strange Case of Dr. Jekyll & Mr. Hyde (Londres, Longmans, Green & Co, 1885).

CA00053805_primera_rgb_altaDe entre las ediciones accesibles de la novela recordaremos aquí la de la editorial Cátedra con traducción de Carmen García Trevijano que cuenta con una prolija introducción (como es norma en la colección a la que pertenece: Letras Universales[1]), responsabilidad de Manuel Garrido, publicada originalmente en 1995, y que en 2017 ha sido reeditada por novena ocasión. Asimismo, no podemos dejar de saludar como un feliz acierto la reciente  publicación de un volumen que recoge las doce ilustraciones (algunas de las cuales se reoriducen en la presente entrada) a dos tintas de Mervyn Peake (actual Jiangxi, China, 1911- Oxfordshire, Inglaterra, 1968) que fueran publicadas originalmente para acompañar la edición de la novela publicada por The Folio Society (Londres, 1948), y han sido reproducidas en la reciente traducción del texto al español de la editorial Alba, que cuenta, asimismo, con dos apéndices del mayor interés[2]. Además del recordado material del propio Stevenson incluido asimismo en el volumen de Cátedra, esta edición cuenta con un breve ensayo sobre el estadio de la ciencia en la época en la que se redactó el libro[3].

Dividida en diez capítulos de desigual extensión, la novela está repleta de dualismos, que afectan además de al par que da título a la obra, a otros personajes. El primer párrafo procede a una descripción del abogado Gabriel John Utterson, de quien se menciona su costumbre de pasar las tardes de los domingos con un pariente lejano suyo, Richard Enfield, que todos coindicen en señalar tienen caracteres tan extraordinariamente diferentes que muchos “se preguntaban qué verían el uno en el otro o qué podían tener en común” (18). Una de esas tardes, Utterson le contará un suceso ocurrido en la puerta de una mansión por la que pasan en su paseo. Se trata del atropello perpetrado por un hombre a una niña: Edward Hyde. Es entonces cuando se procede a la primera descripción del personaje, muy similar a la que llevarán a cabo otros protagonistas, quienes acuerdan en afirmar que existe un no sé qué repulsivo en este hombre. Así ocurre ya en la primera mención al personaje, al que Utterson se refiere del siguiente modo: “Hay algo raro en su apariencia, algo desagradable, algo directamente detestable. Nunca he visto un hombre que me pareciera tan repulsivo, y al mismo tiempo, no sé por qué. Debe de tener alguna deformidad. Da la sensación de que tiene alguna deformidad, pero no sabría decir cuál. Tiene un aspecto muy extraño y al mismo tiempo en realidad no puedo señalar nada que se salga de lo normal. No, señor. No veo por dónde cogerlo. No puedo describirlo” (p. 23)[4]. Asimismo, la primera presentación de Jekyll y Lanyon es la propia de dos opuestos inequívocos. Y, del mismo modo, Jekyll y Hyde se tornan el reverso tenebroso de la proverbial fidelidad amistosa de dos héroes clásicos, citados en el segundo capítulo: Damon y Fintias.

Resulta evidente que la fantasía de Stevenson imagina el extremo negativo, la personificación del Mal, como una regresión del elemento humano partiendo de las teorías evolucionistas de Darwin. De este modo, Hyde vendría a ser una encarnación de los elementos prehumanos del Homo Sapiens. Sin embargo, Stevenson no solo le dota de un alto dominio de lenguaje (sabe asimismo escribir), sino que incluso se maneja en sociedad. En este sentido, la visualización del Mal consiste en una reducción de la estatura del modelo, y a la que se confiere caracteres simiescos, como resulta inequívoco en varias menciones del autor. Un hombre sin alma (o sin los límites de la decencia) es un simio. Pero Hyde no es enteramente grosero, puede conducirse en una conversación e incluso emplear un lenguaje formal y aun expresiones en francés tan en boga entonces (como à propos, en el segundo capítulo). Por ello no resulta del todo incoherente, como se ha manifestado a menudo desoyendo el lenguaje y las maneras adoptadas en sus conversaciones por Hyde, la extensa glosa sobre su propia naturaleza que se halla recogida en el noveno y penúltimo capítulo, “La narración del Doctor Lanyon” (“Doctor Lanyon’s narrative”).

36 orig 26 ALBAEn el segundo capítulo, de vuelta del paseo, Stevenson nos conduce a la residencia de Utterson y al descubrimiento de que ha sido el depositario del testamento del Dr. Henry (Harry en p. 37) Jekyll, un legajo que le espanta. Stevenson mantiene el suspense sobre su contenido, pero Utterson se dice a sí mismo, “Lo tomé por locura (…) y ahora empiezo a temer que sea ignominia” (p. 28), por lo que decide dirigirse en ese instante a la residencia de su amigo, el Dr. Lanyon para consultarle. Para aumentar el misterio, éste afirma que hace ya una década que se ha distanciado de quien fuera su buen amigo, una distancia causada por las extravagancias científicas de Jekyll. Lanyon no ha oído hablar de Hyde, confiesa a Utterson, quien se ha referido a aquél como al (“protegido”, 30; “protégé” en el original) de Jekyll.

Un crimen perpetrado contra una figura aristocrática, Sir Danvers Crew, miembro del Parlamento, y que cuenta con un testigo ocular, una criada que asiste espantada a tamaño espectáculo desde la ventana de su habitación, en el piso superior de la que casa en la que sirve. Contrasta la hermosura en la vetustez de la víctima con el asesino, que reconoce la criada inequívocamente como Hyde, pues había visitado a su señor en una ocasión, y quien se había clavado en su memoria, convulsionada por la “aversión” que sintió hacia él. Y si bien no le describe físicamente[5] sí se refiere a su ataque como caracterizado por “la furia de un simio” (112). Dramáticamente, el relato insiste en que la brutalidad de las embestidas a garrotazos propinados a la víctima conduce a la testigo a perder el sentido.

Existe un elemento que comparten Jekyll y Hyde, además de un cuerpo que cambia de apariencia: la escritura, interpretada así como sombra, efluvio, prolongación de la personalidad.  Aunque Hyde imposta una diferencia: “una caligrafía peculiar, muy alargada” (p. 57), “extrañamente picuda y recta” (traduje más libremente García Trevijano en la p. 121 del volumen Cátedra la expresión original: “in an odd, upright hand”). Stevenson concede tanta importancia a la caligrafía que en el relato Utterson consulta sobre la misma a un experto grafólogo amigo suyo, Guest, quien concluye un dictamen tan extraño que únicamente puede ser interpretado por los investigadores como una falsificación: “Las dos escrituras son idénticas en muchos aspectos; solo difieren en la inclinación de las letras” (p. 60) “alterada la inclinación de mi caligrafía” (detalla en su declaración Jekyll; p. 117). La escritura será el último testimonio de su humanidad, el último vestigio de la pervivencia de Jekyll, cuando todos los demás se están diluyendo, subsumidos, fagocitados, por su reverso tenebroso[6].

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El libro de Stevenson puede ser interpretado como una obra maniquea en su exacerbación, tal vez demasiado obvia, del dualismo. No obstante, este juicio puede atenuarse si se atiende al hecho de que no existen únicamente dos antagonistas: Jekyll y Hyde. Existe un tercer actor en liza, Jekyll no puede quedar incontaminado tras sus escarceos con un conocimiento que habría de permanecer vedado a los hombres. Si la maldad de Hyde es incontrovertible, el buen doctor no puede evitar la polución de su alma. Significativamente, el sexto capítulo incluye una descripción de un muy desfavorecido –a los ojos de Hastie Lanyon– Jekyll: “Llevaba claramente impresa en sus facciones su sentencia de muerte. Su tez rubicunda se había vuelto pálida, había adelgazado y estaba mucho más calvo y envejecido. No fueron sin embargo estas muestras de fulminante decadencia física las que llamaron la atención del abogado tanto como cierta expresión en la mirada de su anfitrión y una manera de comportarse que parecía dar fe de algún terror hondamente arraigado en su ánimo” (p. 64).

Ese conocimiento es una hybris. Resulta similar al de otro malhadado investigador, el Dr. Victor Frankenstein, autor de una criatura abisal en uno de los hitos literarios de todos los tiempos, obra de Mary Shelley y que en enero de 2018 cumplirá el bicentenario de su publicación. Así, Jekyll escribe a Lanyon, “Si soy el mayor de los pecadores, también soy el que más se duele. No imaginaba que hubiera en esta tierra lugar para sufrimientos y terrores tan atroces” (p. 65). Del mismo modo, en una comunicación enviada a Utterson, en la que incluye, además de su testamento, una relación del Dr. Lanyon (que será reproducida en su integridad en el siguiente capítulo), Jekyll se despide firmando como “tu indigno y desgraciado amigo” (p. 92). Más allá de lo conocido, Jekyll se muestra estéril en su lenguaje científico para designar el horror que le provoca Hyde: “no solo diabólico sino también inorgánico” (p. 127). Y concluye con otra hybris, una hybris misérrima, la del suicidio.

84 ORIG 70 ALBAHyde suscita en Lanyon, “una curiosidad cargada de disgusto” (p. 99), describiéndole del siguiente modo: “vestía de un modo capaz de volver ridículo a cualquiera: aunque sobrio y de buen paño, el traje le venía enorme por todas partes; las perneras de los pantalones eran demasiado largas y las llevaba enrolladas para no arrastrarlas por el suelo; la cinturilla de la chaqueta le llegaba por debajo de la cadera y las solapas le quedaban a la altura de los hombros. Por raro que parezca, esta absurda indumentaria ni mucho menos me hizo reír. Al contrario, como si hubiera algo anormal y deforme en la misma esencia de la criatura que en ese momento tenía delante –algo que paralizaba, sorprendía y repugnaba–, esta llamativa disparidad parecía encajar con su esencia y reforzarla” (pp. 99-100).

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La mano de Hyde[7] es descubierta por Jekyll, sorprendiéndose de que su sombra perversa irrumpa incluso sin haber ingerido la droga. Ocurrió dos meses antes del asesinato por el que le persigue toda la ciudad. Y es la mano de Hyde lo que se describe cuando se le descubre muerto, una imagen que ilustró sintética y dramáticamente Peake.

Por su parte, el capítulo séptimo reproduce el contenido de una carta enviada por Jekyll a Lanyon, cuya lectura convence al destinatario de la demencia del remitente y en la que le solita que recupere unos materiales de su laboratorio y se lo entregue a un emisario que le enviará a medianoche. Cumpliendo el cometido, acude al laboratorio donde, además de recoger la redoma, examina un cuaderno con el tiempo suficiente para percibir la repetición, unas seis veces, entre los centenares de entradas de una palabra que no comprenderá plenamente hasta más tarde: “doble”.  Después de su regreso a su domicilio, Hyde viene a recoger los químicos, ocurriendo la anagnórisis que las versiones cinematográficas desvelan desde un estadio inicial de su trama. “Si decide que me vaya, se quedará usted tal como estaba, ni más rico ni más sabio, salvo que la sensación de haber hecho un favor a un hombre mortalmente angustiado pueda contarse como una suerte de riqueza del alma. Pero si lo prefiere se abrirán ante sus ojos nuevos horizontes de conocimiento y nuevos caminos a la fama y al poder, aquí mismo, en esta estancia, al instante, y presenciará usted un prodigio capaz de dejar pasmado al mismísimo Satanás” (p. 102). Lanyon está atado a un conocimiento con límites, Jekyll los franquea.  En ello estriba uno de los pasajes más reveladores, cuando instantes antes de producirse la anagnórisis, Jekyll (en la figura de Hyde) espeta a su (conservador) compañero: “Tú que siempre has profesado las opiniones más estrechas de miras, aferrándote a lo material, tú que siempre has negado las virtudes de la medicina trascendental, tú que te has burlado de tus superiores: ¡mira!” (p. 102).

Después de producirse el descubrimiento, Stevenson concede la palabra a Jekyll en el postrer capítulo, dedicado a una declaración detallada de cuanto ha conducido al científico a un estado de tamaña condenación; una retribución, precisamente, por oponerse  la “maldición de la humanidad” (p. 109). Jekyll es sensible a la coexistencia en el alma humana de dos tensiones (“partes de mi ser”; p. 108): la de conducirse en la senda de la aceptabilidad, siguiendo los imperativos legales y éticos (si bien los identifica como acordes a la religión[8]) y su opuesta, de un intelecto que condena las constricciones de esa ilusión (por ello, Jekyll se refiere a sus dos naturalezas como  “la moral y la intelectual”; p. 108). Mas Hyde no resulta un sabio no reprimido por la moralidad, sino en extremo egoísta, un ser ocupado únicamente en satisfacer sus caprichos, inclinaciones, como resulta predecible, en absoluto decorosas le identifica como “un ser inherentemente malvado y vil. Todos y cada uno de sus actos y pensamientos giren en torno sí mismo; con avidez bestial bebía el placer que le causaba cualquier grado de tortura de los otros; impasible, como si fuera de piedra” (p. 114)[9].

Para concluir, la declaración da cuenta del dolor físico experimentado la primera ocasión en la que Jekyll ingirió la droga que había diseñado para disociar las dos pulsiones. Y es que su cuerpo se contrae hasta mermar de estatura, resultando “más bajo, delgado y joven” (p. 111), acaso una simple manera de indicar que se trata de un estado menos desarrollado, como afirmábamos, que el de la respetabilidad. Resulta interesante el hecho de que Jekyll se refiera en diversas ocasiones a sus dos versiones como un atavío, como una máscara, como si toda personalidad no fuera sino una impostura, una caracterización, pues no puede dar cuenta de la complejidad del atavismo y el desarrollo del ser humano; “Los placeres que bajo un disfraz me apresuré a buscar fueron, como he dicho, indecorosos” (p. 114), refiere Jekyll en su última confesión.

Stevenson pudo tal vez desarrollar con mayores matices la involución de Hyde, pero se enfrentó abiertamente al carácter insondable de las pulsiones humanas, y lo hizo, como maestro en otros géneros y estilos como el de aventuras y el humor, con una de las prosas más hermosas de la lengua inglesa decimonónica.

Notas 

[1] En la misma colección se halla una traducción de la novela de aventuras más célebre del autor, Treasure Island, profusamente anotada, en traducción de Juan Antonio Molina Foix, publicada por vez primera en 2002. Cfr. STEVENSON, R. L.: La isla del tesoro. Tr. de Juan Antonio Molina Foix. Madrid, Cátedra, 2002. El volumen cuenta con un amplio aparato de notas y una prolija introducción asimismo debida al traductor (pp. 9-78).

[2] Las ilustraciones han sido reproducidas en las pp. 6, 16, 26, 46, 54, 62, 70, 76, 87, 94, 106, 115 de la edición española. Las citas de la presente entrada proceden de esta edición.

[3] Se trata de R. L. Stevenson: “Un capítulo sobre los sueños”, y el ensayo de  Robert Mighall, publicado originalmente en 2002, “Diagnóstico de Jekyll: el contexto científico del Doctor Jekyll”, reproducidos en las pp. 133-147 y pp. 149-174, respectivamente.

[4] Por su parte, Utterson, oteando a Hyde, refiere el narrador omnisciente, le describe de este modo: “No era alto y vestía con mucha sencillez, pero incluso a aquella distancia había algo en él que lo desagradó profundamente a quien lo vigilaba” (p. 32), y prosigue, “era bajito y de tez pálida, daba una impresión de deformidad a la que vez que no se veía en él ninguna malformación apreciable, tenía una sonrisa desagradable, había tratado al abogado con una diabólica mezcla de apocamiento y descaro, y hablaba con una voz ronca, susurrante y casi quebrada; todos estos detalles obraban en su contra, pero ni siquiera sumados bastaban para explicar el desagrado, el desprecio y el miedo, descomidos hasta aquel instante, que su presencia inspiraba en el señor Utterson” (p. 34). Seguidamente, Utterson se pregunta si no tendría un cierto aire de “troglodita” (ibíd.). Concluiremos con una nueva cita del narrador omnisciente: “El señor Hyde tenía muy pocos conocidos, e incluso el patrón de la casa donde trabajaba la criada lo había visto solo en dos ocasiones; fue imposible localizar a su familia; resultó que nunca se le había tomado una fotografía, y las pocas personas que podían describirlo discrepaban ampliamente, como suele ocurrir cuando se trata de observadores corrientes. Únicamente en un detalle se mostraban todos de acuerdo: en la inquietante y vaga sensación de deformidad que causaba el fugitivo en quienes lo veían” (p. 52).

[5] Al menos en este pasaje, más adelante, y cuando se instruye el caso, se recuerda el testimonio de la criada, quien se refiere al agresor como “especialmente bajo y especialmente mal encarado” (p. 49).

[6] De puño y letra es el testimonio que hará llegar a Lanyon para que se convenza de que es Jekyll quien se encuentra en un apuro extremo: “Entonces recordé que una parte de mi personalidad original aún me pertenecía: podía escribir con mi propia letra. Una vez que esta chispa prendió en mi entendimiento, el resto de mi camino se iluminó de principio a fin” (p. 124).

[7] “La mano que en ese momento veía con toda claridad, a la luz dorada de media mañana en Londres, la que descansaba a medio cerrar sobre las sábanas, era delgada, nervuda y nudosa, levemente oscura y cubierta de vello. Era la mano de Edward Hyde” (p. 117)

[8] A la que se refiere en términos cuanto menos poco halagüeñas, “esa dura ley de la vida que se encuentra en la raíz de la religión y constituye una de las principales fuentes de angustia” (p. 108).

[9] Y se insiste: “La absoluta insensibilidad moral y la insensata predisposición al mal (…) eran las principales características de Edward Hyde” (p.  120).

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Acerca de juliocesarabadvidal

Julio César Abad Vidal es Premio Extraordinario de Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid, es Doctor en Filosofía (Área de Estética y Teoría de las Artes), Licenciado en Historia del Arte y Licenciado en Estudios de Asia Oriental, asimismo por la UAM. Desde su primera publicación, en 2000 y, en sus proyectos como docente y comisario, se ha dedicado a la reflexión sobre la cultura contemporánea con tanta pasión como espíritu crítico. Crédito de la imagen: retrato realizado por Daniela Guglielmetti (colectivo Dibujo a Domicilio); más información en https://juliocesarabadvidal.wordpress.com/2015/07/29/dibujo-a-domicilio-un-cautivador-proyecto-colectivo-socio-artistico/

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