낯익은 세상 Todas las cosas de nuestra vida, 황석영 Hwang Sok-yong

Portada España낯익은 세상 Todas las cosas de nuestra vida (Madrid, Alianza, 2017) es el segundo título de 황석영 Hwang Sok-yong –narrador surcoreano nacido en el entonces estado títere del imperialismo japonés, Manchukuo, en 1943 en ser publicado en traducción directa en España, tras 바리데기 Bari, la princesa abandonada (Madrid, Alianza, 2015), en ambos casos, bajo la responsabilidad de Luis Alfredo Frailes Álvaro.

Publicada originalmente por la prestigiosa editorial seulota 문학동네 Munhak Dongne, en 2011, 낯익은 세상 Todas las cosas de nuestra vida es una poderosa novela tan cruda como vitalista, ambientada en un vertedero, el espacio metafórico –lo mantenemos siempre– más congruente para hablar del presente. Novela de formación su héroe es un adolescente, la obra constituye una invitación a reflexionar no únicamente en aspectos sociales de la mayor relevancia, tales como el hiperconsumo, la obsolescencia o la deshumanización de nuestras sociedades, sino, en un sentido más personal, sobre la voluntad y sobre las decisiones que tomamos. Hwang Sok-yong no es un moralista, mas sí un notable humanista.

Ambientada en una zona suburbial de Seúl a finales de los años setenta o principios de los ochenta1, la novela está protagonizada por un joven de catorce años que se desplaza a una zona chabolista junto a su madre. Nuevamente, hallamos en una obra contemporánea coreana la figura del padre ausente, en este caso por estar preso por robo. Pero no es la única familia desestructurada del relato. Sino que aquélla formará una suerte de díptico con la del coprotagonista, Trasquilón, de once años de edad, cuya madre no únicamente le abandonó, sino que cuando era pequeño, le echó agua hirviendo en su cabeza, lo que le dejado una cicatriz sempiterna, también, en su anatomía.

El lector encontrará desde las primeras páginas una identificación entre los desperdicios de una sociedad consumista y el sesgo de población marginal que vive de la recolección de lo desechado. Y el narrador no tarda, en efecto, en explicitar la semejanza, como ocurre al comienzo mismo del segundo de los seis capítulos que comprende la novela2. Como ocurriera en Bari, la princesa abandonada, los miembros de la comunidad –en aquella ocasión una multiétnica comunidad de vecinos en un edificio londinense– profesan un conmovedor compañerismo en un entorno de tamaña hostilidad, como demuestra el modo en que reciben a los recién llegados construyendo diligentemente para ellos una chabola en el plazo de unas escasas horas. No obstante, cualquier ilusión de tranquilidad se torna peligrosa. La insalubridad no es la única amenaza, como demuestra no solo el accidente ocurrido al hermano de unos de los jóvenes amigos del protagonista, sino el desenlace trágico que se cobra once víctimas, entre las que se halla uno de los personajes por los que el lector seguramente habrá sentido una una mayor simpatía. No obstante lo cual, Hwang se aparta de cualquier tono luctuoso que suma a su lector en la impotencia, para en cambio vindicar la esperanza, como explicita de un modo sobrecogedor en el último de los párrafos de la novela, que no desvelaremos a nuestros amables lectores.

Los nombres propios

Existe un detalle significativo en lo referente a los nombres de los personajes. Si muchos de ellos no reciben otro nombre mas que el de la relación de parentesco (algunos no reales, sino metafóricos, como es costumbre en Corea de acuerdo con la diferente edad y género de los agentes de una relación)3, los muchachos del arrabal no se identifican por sus nombres, sino por sus apodos. Por dos veces4 insiste sobre ello el narrador, refiriéndose en ambos casos al pensamiento del protagonista: Ojos Saltones, cuyo mismo mote, en realidad un insulto, asumió como un testimonio de su resistencia a la autoridad5. No obstante, la asunción personal del nombre propio parece manifestarse en una señal de dignificación. Así, la primera vez que el protagonista decide recordar su nombre real, será cuando se sienta atraído por vez primera por una muchacha; hablando consigo mismo, se dirige estas palabras: “«Espera –masculló–, ¿cómo me llamaba yo cuando iba a la escuela? ¿Chong-ho? Sí, era Choi Chong-ho…»” (p. 76). Del mismo modo, cuando tras el golpe de fortuna que les propicia el hallazgo de una cuantiosa cantidad de dinero, Ojos Saltones y Trasquilón van a la ciudad, comenzando por asearse en los baños públicos, la higiene corporal, que disfrutan a solas, parece convertirse en una suerte de renacimiento. Hasta el extremo de ser entonces cuando se presentan el uno al otro con el nombre propio, abandonando el sobrenombre.

Portada Corea del Sur

Un espacio trascendido

La novela parece al comienzo una obra de la literatura realista, pero se engrandece por la ausencia de miserabilismo, por su espíritu esperanzado y por la presencia de un elemento sobrenatural, animista, que será clave en el desarrollo de los acontecimientos. Y es que, al igual que Trasquilón y que una mujer que parece recibir sobre sí las aptitudes y los tormentos de las chamanas, Ojos Saltones logrará entrar en contacto con una familia de espíritus, la Familia Kim, que vivió en el lugar –conocido como la Isla de las Flores– antes de que fuera convertido en un vertedero. Los episodios oníricos que se hallan en el relato son transmitidos con completa normalidad hasta el extremo de que el lector tal vez los halle por completo congruentes. Aquel nuevo mundo, en realidad anterior, es una de las esferas que se alejan del ambiente arrabalero. Otras lo son las escapadas al centro, que se pueden permitir por el golpe de fortuna que Ojos Saltones y Trasquilón deben a la influencia de los espíritus, un desplazamiento que se relaciona, asimismo, con el deseo escapista que parece prometer garantizar el alcohol o la esnifada de pegamento, hábitos del infortunado amigo mayor del protagonista, Topo.

La maquinita que sirve para ambientar cronológicamente el relato, presenta asimismo otras relaciones, como si se tratara de un acorde sobre el que se vuelve una y otra vez en una sinfonía. Así, Ojos Saltones le indicará a Trasquilón en un instante que preludia –sin que ambos lo sepan– una tragedia: “Oye, mira esa boca de tubería. Si te metes por ahí, cambia la pantalla de golpe y pasas a otro mundo” (p. 174). Curiosamente, la vida de la sociedad tecnológica parece haberse convertido en una suerte de videojuego. Como aquella tubería, la escapada al mismo centro comercial en el que adquieren la maquinita, parece constituirse en una ilusión. Y es que una equivocación, que provoca la manifestación de los prejuicios hacia los jóvenes marginales, en una situación de la que finalmente salen airosos, indica que en realidad no pertenecen a ese mundo.

Como en Bari, la princesa abandonada, si bien en este caso no es la protagonista de la novela, en Todas las cosas de nuestra vida, una mujer, en la presente ocasión, entrada en años y solterona, logra establecer una comunicación entre el mundo terrenal y el más allá. Desconoceremos su nombre, pues recibe siempre el epíteto de “la mamá de Flaquita”, que no designa a una niña sino a una perra anciana, y es que la mujer, que vive junto a su padre, ha acogido a los perros callejeros hasta formar con ellos una familia. La mujer está poseída por el espíritu de un sauce cercano, lo que la conduce a menudo a ser presa de convulsiones. Esta presencia sobreterrenal constituye una de las conspicuas características que apartan esta novela del realismo miserabilista que suele ser frecuente en la representación de las clases desfavorecidas. Aunque Hwang Sok-yong no es tampoco suave, por lo que no ahorra al lector el recuento de las pendencias, del alcoholismo y del abandono que asolan, también, a los moradores del poblado chabolista, cuya población, indica el narrador, llegaría a superar las seis mil almas.

Nuevamente, Hwang Sok-yong abraza con su creación el dolor del mundo, con conspicuas conmiseración y sensibilidad. Y, nuevamente, logra hermanar sin solución de continuidad espacios diversos, planos paralelos, en la confianza, como explicita por dos veces en la novela, que todo, que el conjunto de las cosas que nos resultan familiares, se halla interconectado. Que todos lo estamos.

Notas

1Todos los detalles que ambientan la trama se relacionan con obras de consumo. Si en la p. 169 se habla de una película muy popular entonces, que van a ver Topo y Ojos Saltones juntos:La Guerra de las Galaxias, que fue estrenada en Corea del Sur el 1 de junio de 1978 como 스타워즈, desempeña un importante papel (de un modo simbólico) la Game Watch (en España se la conocía como “maquinita”) de Mario Bros, cuya comercialización dio inicio en 1983.

2“Ya había transcurrido un mes desde la llegada de Ojos Saltones y su madre a la Isla de las Flores. Por mucho que la mujer tratara de animar al joven, intentando convencerle de que aquello era un poblado como cualquier otro de la ciudad, se imponía la evidencia: vivían en un vertedero, en un lugar cuya esencia era recoger las cosas que la gente de la ciudad ya no quería, las cosas que, una vez usadas, cuando se cansaban de ellas o bien cuando se volvían inservibles, tiraban, y lo mismo sucedía con los residentes de aquel lugar: si estaban allí era porque la ciudad los había desechado. Eran, sin más, desechos humanos” (p. 39).

3El más preclaro de estos ejemplos es el tratamiento hacia Ojos Satones de un menor a él en tres años, que se convertirá en su más cercano amigo en el poblado, apodado Trasquilón. Éste se dirige a aquél como (hyoung, o “hermano mayor”), pese a que no les una relación alguna de parentesco. El hecho de que la madre de Ojos Saltones termine cohabitando con el padre de Trasquilón no es la causa para este tratamiento, por otra parte ubicua en Corea entre dos varones amigos. Por influencia confuciana, la definición de mayor y menor en edad, implica una compleja etiqueta.

4Así, la primera de estas reflexiones reza así: “El chico no le revelaba su nombre a cualquiera, y menos su apellido. Eso de decir el nombre en voz alta con apellido y todo, era cosa de los chiquillos que iban a la escuela, ya fuese a la primaria o semejante” (pp. 8-9). La segunda ocasión tiene lugar tras su desplazamiento al poblado chabolista: “Le agradó comprobar que, como en su antiguo barrio, en aquel lugar también se usaban apodos en lugar de los nombres reales” (p. 24).

5“Aquel nombre se lo encasquetó un policía del barrio donde vivía a raíz de un incidente. Un grupo de críos rompió un cristal del destacamento y se dio a la fuga, pero les dieron alcance y, a modo de castigo, les pusieron en una esquina con los brazos alzados y de rodillas. Estando el chico de aquella guisa, el policía le arreó diez golpes en la cabeza con un manojo de documentos mientras gritaba: «¡Habrase visto, qué fresco, cómo me mira con esos ojos saltones, que parece que me va a perforar! ¡Quiero hablar con tu padre, bichejo!»” (p. 9).
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Acerca de juliocesarabadvidal

Julio César Abad Vidal es Premio Extraordinario de Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid, es Doctor en Filosofía (Área de Estética y Teoría de las Artes), Licenciado en Historia del Arte y Licenciado en Estudios de Asia Oriental, asimismo por la UAM. Desde su primera publicación, en 2000 y, en sus proyectos como docente y comisario, se ha dedicado a la reflexión sobre la cultura contemporánea con tanta pasión como espíritu crítico. Crédito de la imagen: retrato realizado por Daniela Guglielmetti (colectivo Dibujo a Domicilio); más información en https://juliocesarabadvidal.wordpress.com/2015/07/29/dibujo-a-domicilio-un-cautivador-proyecto-colectivo-socio-artistico/

Un Comentario

  1. Pingback: La Bari de Hwang Sok-yong. Intertextualidad y el dolor del mundo | juliocesarabadvidal

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