Del cuestionamiento críptico y revulsivo de Marco Alvarado

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Vista de la sección «Difícil de leer entre mi luto y mi fantasma», dedicada a la obra última e inédita de Marco Alvarado, en el marco de la exposición ¿Es inútil sublevarse? La Artefactoría: Arte y comentario social en el Guayaquil de los ochenta (Guayaquil, MAAC). Fotografía de Amaury Martínez

La presente entrada reproduce en su integridad el ensayo que dedicamos a Marco Alvarado en una publicación generada a partir de la exposición ¿Es inútil sublevarse? La Artefactoría: Arte y comentario social en el Guayaquil de los ochenta (Quito, Ministerio de Cultura y Patrimonio, y Guayaquil, Sor Juana Producciones, 2017; ISBN: 978-9942-30-128-4). El ensayo se encuentra publlicado en las pp. 101-119. En el mismo volumen se hallan los siguientes ensayos, asimismo de mi autoría, dedicados al resto de los artistas del colectivo La Artfactoría: “Flavio Álava y su serie magistral de collages carentes de título” (pp. 81-99), “De los prototipos gastronómicos de Paco Cuesta” (pp. 121-135), De la instalación de Xavier Patiño sobre su proyecto artístico-pedagógico” (pp. 137-148), “Acerca de la experiencia del tiempo, de Marcos Restrepo” (pp. 151-161), y  “Un adecuado muestrario de las obsesiones de Jorge Velarde” (pp. 163-179). Materiales todos ellos que irán siendo compartidos en este portal en un futuro.

Del cuestionamiento críptico y revulsivo de Marco Alvarado

El texto curatorial dispuesto a la entrada de la muestra ¿Es inútil sublevarse? La Artefactoría: Arte y comentario social en el Guayaquil de los ochenta, cuyas conceptualización, investigación y curaduría corresponden a Matilde Ampuero (Guayaquil, 1961), afirma que: “El primer planteamiento de esta exposición es establecer, como un acto necesario, la relación existente entre los acontecimientos históricos y la producción artística”. Del conjunto de las obras presentadas de los seis artistas que integraron La Artefactoría en su trabajo en solitario tras la disolución del grupo, es Marco Alvarado (Guayaquil, 1962) quien durante los últimos años ha abordado la cuestión social con un carácter tan intenso como extensivo. La integridad de las obras inéditas de Alvarado presentadas en la muestra se ofrece, en efecto, como un complejo proyecto que se sirve de algunos elementos tradicionales de las artes plásticas y visuales (pintura al óleo, fotografías y obra gráfica), así como de textos propios y ajenos. Su contenido emplea, de este modo, dispositivos propios de los usos museísticos mas, al tiempo, los desborda. Su propuesta suma a los valores estéticos, otros didácticos y aun programáticos, sirviéndose de mensajes en modo imperativo. Después de su abandono doloso durante la pasada década de los cauces institucionales del arte contemporáneo, el regreso de Alvarado a una institución museística pública establece una aportación perturbadora en torno al Ecuador contemporáneo.

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Vista de la sección «Difícil de leer entre mi luto y mi fantasma», dedicada a la obra última e inédita de Marco Alvarado, en el marco de la exposición ¿Es inútil sublevarse? La Artefactoría: Arte y comentario social en el Guayaquil de los ochenta (Guayaquil, MAAC). Fotografía de Amaury Martínez

Hastiado y frustrado del mundo del arte, Alvarado, que había participado en diversos proyectos didácticos comunitarios desde la década de los ochenta, emprendió desde 2008, y con un carácter casi exclusivo, una colaboración con colectivos, particularmente del agro ecuatoriano. Así, entre 2009 y 2010, Alvarado estuvo vinculado al proyecto La Esperanza en el Cantón de Isidro Ayora, en la Provincia del Guayas, que culminaría en un evento, que se denominó Proyecto Bolívar, celebrado en el Museo de Antropología y de Arte Contemporáneo de Guayaquil durante los días 10 y 11 de febrero de 2010, en el que se reunieron especialistas, dirigentes campesinos, campesinos y abogados que discutieron la figura de Simón Bolívar y contribuyeron a visibilizar la problemática del agro ecuatoriano. Del mismo modo, trabajó con un colectivo entre 2010 y 2011 en la Comuna Salanguillo, en la Provincia de Santa Elena, y abordó el proyecto Exvotos y corridos para Crónicas de Negras de un libertador desconocido en un país muy lejano que no se llama Ecuador, desarrollado entre Guayaquil y Ballenita con cuatro jóvenes y un hombre, una madre y su hija, todos ellos viviendo en la marginalidad, y cuyos frutos fueron expuestos en la Parque del Seminario de Guayaquil en 2011.

Un complejo sistema integrado por registros fotográficos capturados por el artista, transcripciones de testimonios orales, declaraciones personales escritas y obras pictóricas propias (en su mayor parte, paisajes de los entornos en los que ha desarrollado sus trabajos con comunidades) o realizadas por los asistentes a sus talleres (en particular, sirviéndose de la tipología del exvoto) relacionadas con el trabajo desarrollado por Alvarado en diversas comunas del agro y de la costa, tanto en las ocasiones señaladas como en otras posteriores, así como en algunas aproximaciones al Oriente, es el que sostiene las dos series inéditas, crípticas, incómodas, revulsivas, incluso, producidas ex profeso para la presente exposición: «Imperativos categóricos» y «Difícil de leer entre mi luto y mi fantasma».

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Detalle del montaje en el MAAC con cuatro de los «Imperativos categóricos» (al fondo). Fotografía de Amaury Martínez

De la serie «Imperativos categóricos» se exponen dieciséis obras, impresiones glicée sobre papel Hahnemulle, ocho de ellas en formato apaisado y otras tantas en formato vertical[1]. Estas obras conjugan, en todos los casos, dos elementos: una imagen que sirve de fondo y un segundo, en primer término, consistente en letras mayúsculas que se disponen empleando siempre dos únicos colores. Y, si bien su lenguaje parece remitir a la publicidad por su unión icónico-verbal, por su tipografía claramente legible y por el lenguaje imperativo de una de las proposiciones del enunciado, su mensaje se caracteriza no ya por el pragmatismo de los usos publicitarios, sino por el cripticismo. Cada uno de los dos colores corresponde a una de las palabras o de las proposiciones que componen el mensaje. Mas ambas, en lugar de mostrarse la una seguida de la otra, se muestran encadenando las letras que las conforman, complicando aún más su lectura. Una lectura en cualquier caso incomprensible para los espectadores sin la consulta de la cédula explicativa que recoge una suerte de glosario de los neologismos acuñados por el propio Alvarado y la traducción de las voces de los pueblos ancestrales en territorio ecuatoriano que conforman el segundo elemento de los mensajes. En efecto, para el segundo de estos vocablos, Alvarado ha recurrido a las lenguas awá pit (en tres ocasiones), shuar (en siete), siapadee (en una), tsáfiqui (en dos), zápara (en dos), y finalmente, wao (en una única ocasión).

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Detalle del montaje en el MAAC con tres de los «Imperativos categóricos» (al fondo). Fotografía de Amaury Martínez

El conjunto de la serie «Imperativos categóricos» presenta un evidente carácter vocativo, exhortatorio, con el que Alvarado pretende establecer una llamada de atención y una invitación a una acción reflexiva, crítica y autotransformadora. En cierto modo, la obra que podría sintetizar esta vocación es la titulada Lucy’schapellízate + kammuyal. El primero de los términos es el modo imperativo dirigido a la segunda persona del singular del verbo, acuñado por Alvarado, “To Lucy’schapel”, que podría ser traducido como “ser miembro de Lucy’s Chapel”, siendo Lucy’s Chapel, o La Capilla de Lucy, una institución inexistente, una utopía que, tal vez, de lograr los medios económicos necesarios, Alvarado construya y funde[2]. Alvarado concibe esta capilla como una institución educativa que luche contra nociones que han tejido la personalidad de los miembros de nuestras sociedades, y que Alvarado considera perniciosas. Alvarado pretende un regreso a una idílica comunidad que podríamos hermanar a las utopías adánicas. Por ello, el segundo término empleado para el título de esta obra resulta consecuente, siendo el vocablo correspondiente a “escuela” en la lengua awá pit[3]. El conjunto textual resulta, asimismo, congruente con la imagen que sirve de fondo al conjunto. Se trata de una fotografía enteramente protagonizada por murciélagos que fue tomada por el autor en 2014 en un mango que crece en su domicilio. Al igual que su neologismo imperativo y del vocablo awá, ambos relacionados con la educación, el murciélago sirve como imagen de prosperidad por cuanto los quirópteros desempeñan una labor germinadora. Como fructífera habría de ser una educación ajena a los estereotipos, al falocentrismo, a la xenofobia, al racismo, a una oficialidad institucional castradora, y que abrace la ecología, en una sociedad distinta a la nuestra, en los que son frecuentes los despotismos, las corruptelas, el servilismo o la ansiedad de dominio[4].

Si la integridad de las fotografías que aparecen como fondo de cada una de estas dieciséis obras ha sido tomada por el artista, lo que atestigua su experiencia directa de los sucesos y los lugares a los que se refiere, en tres casos, Alvarado ha procedido a servirse de la reproducción fotográfica de sendas obras propias, lo que redunda en el sentido personal, y aun confesional, del conjunto. Se trata de Votanulo + Wi, Medita + Jimin Ki’pi, y Juangarcíaíazete + Ami eñeboe, que emplean como fondo, respectivamente, a sus obras tituladas Catalino, Silla de muerto  y Vudú para Bolívar. Catalino (2006, óleo sobre lienzo, de 160 x 135 cm, texto impreso, de 35 x 29,7 cm) constituye una obra muy significativa dentro de la producción de Alvarado de la década anterior. El primer plano del rostro, en modo alguno complaciente, y que monumentaliza, sirviéndose de una fotografía que tomara al comunero Catalino de La Rosa en Montañita, en 2005, se constituye en la ilustración de un alter ego, de quien teje una historia que se presenta impresa en un papel adjunto a la pintura[5]. Por su parte, Silla de muerto, obra de 1985, pertenece, como lo hiciera Mesa de brujo, a una etapa juvenil de su producción, inmediatamente posterior a su desarrollo de diversos trabajos como ilustrador en Quito en 1984 y 1985, dirigidos a la alfabetización de la población indígena, lo que le permitió profundizar en el conocimiento de unas prácticas y unos ritos sobre los que aquellas obras se pronuncian[6]. Finalmente, Vudú para Bolívar (2013, obra textil, 63 x 59 cm) se incardina en la desmitificación de Bolívar y en particular en lo que la comunidad afrodescendiente ecuatoriana considera una deslealtad del libertador hacia ella, y que se halla relacionada con un amplio programa desarrollado en colaboración con el antropólogo Juan García Salazar (Comunidad del Cuerval, Provincia de Esmeraldas, 1944), Profesor Honorario de la Universidad Andina Simón Bolívar (Quito) desde 2011, y quien ha dedicado más de tres décadas de investigación a la cultura afroecuatoriana[7].

La segunda de las series inéditas expuestas en la muestra, «Difícil de leer entre mi luto y mi fantasma», consiste en la reunión, en ocho paneles oscuros enmarcados–lo que le confiere, como si se tratara de nichos, una cierta apariencia luctuosa, muy congruente con su contenido–, de pinturas, fotografías y textos que dan cuenta, asimismo, de sucesos espeluznantes y de proyectos desarrollados en las comunidades a las que se ha aproximado Alvarado[8]. La solución adoptada al recurrir a estos contenedores –que comparten más características con los tableros didácticos de, por ejemplo, los museos de Historia Natural, que con los usos habituales de las exposiciones artísticas–, resulta idónea por cuanto procede a un registro multidisciplinar de una realidad y porque priva a la experiencia de la contemplación de sus pinturas de una mera delectación estética, contrariamente al concepto de desinterés de la estética idealista kantiana, por ejemplo.

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Vista de la sección «Difícil de leer entre mi luto y mi fantasma», dedicada a la obra última e inédita de Marco Alvarado, en el marco de la exposición ¿Es inútil sublevarse? La Artefactoría: Arte y comentario social en el Guayaquil de los ochenta (Guayaquil, MAAC). Fotografía de Amaury Martínez

En el mayor de estos paneles, su elemento pictórico más sobresaliente es el óleo Catalino, anteriormente mencionado, constituyéndose en la obra más meta-artística y más crítica hacia la propia institucionalización del arte de todo el conjunto. En otras obras, más relacionadas con la realidad de las comunidades, y que abundan en la cotidianeidad de la  violencia y de otros graves problemas, como los desalojos, e presentan pinturas de tamaño mediano y pequeño dedicadas al género del paisaje. Paisajes tan solo en su superficie, pues van allá de ser meras vistas pintorescas, al ocuparse de los lugares en los que ha desarrollado su trabajo socializador de campo; comunidades en las que ha emprendido diversos talleres de creatividad o involucrándose en la creación de proyectos de desarrollo cultural y proteccionistas del patrimonio arqueológico. Paisajes más allá del paisaje por ofrecerse, además, junto a otros elementos pictóricos o gráficos apropiados de los miembros de aquellas misas comunidades, por fotografías y por la presencia de elementos informativos impresos en papel que hacen de su lectura una experiencia imprescindible para la comprensión del significado de estos paneles, no ya solo en apariencia, sino, en los más de los casos, también de contenido luctuoso. Así, por ejemplo, el texto que acompaña La sorpresa transmite el descubrimiento de cuatro cabezas decapitadas sobre una mesa. A pesar de la oscuridad del pasaje, impreso, se logra descifrar que los Mora, quince días después de que hubieran asesinado a uno de los hermanos se vengan matando a unos hombres suyas cabezas decapitadas son presentadas sobre la mesa de un abogado, amigo y compañero de Alvarado, Efraín Robelly (Guayaquil, 1944), a quien se habían dirigido para pedir asesoramiento legal. Mas, si por un lado, el letrado les recomienda seguir los procedimientos legales, por otro, emplea metafóricamente una expresión lapidaria “¡Ya déjense de pendejadas y tráiganme la cabeza de esos hijoeputas”, que, en un giro espeluznante, será seguida por los Mora al pie de la letra[9]. El conjunto se acompaña de una pintura al óleo que representa este escalofriante bodegón. Otra de las obras, El sitio, versa de la cosmovisión montubia[10], concretamente de la figura del tintín[11].

Entre la violencia endémica y la vocación de hermandad a través de procesos de diálogo, de compañía, la interpretación de la obras que integran la serie «Difícil de leer entre mi luto y mi fantasma» resulta muy compleja y tan perturbadora como tejida por la esperanza. La Esperanza es, precisamente, el nombre de un recinto en el que Alvarado permaneció activo durante 2009 y 2010[12]. Fotografías de sus moradores o de las viviendas derribadas durante un desalojo sirven como sendas imágenes de fondo de los imperativos categóricos titulados Desmiedízate + Wishishit, Aborreceatupadreyatumadre + Wat kintai, Deslatinoamericanízate + Tiishiaiti, Hazlotúmismo + Naanch, Transdescolonízate + Nane wishãpit pianzhish y, finalmente, Neurofenomenologízate + Ino anpemin[13].

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Neurofenomenologízate + Ino anpemin, de la serie «Imperativos categóricos» Fotografía de Amaury Martínez

En esta última obra, Alvarado ha reproducido una fotografía de la casa sin agua ni los restantes servicios básicos –como las del resto de los comuneros– a la que llegó en dos ocasiones antes de que fuera derribada, y poco tiempo después de concluida su construcción[14].

La presentación por vez primera de ambas series en la exposición ¿Es inútil sublevarse? La Artefactoría: Arte y comentario social en el Guayaquil de los ochenta constituye una de las aportaciones más destacadas de la dolorosamente crítica contra la institucionalidad artística, la incómoda y la pírrica autocrítica de la integridad de la obra de Marco Alvarado. Consideramos, finalmente que «Imperativos categóricos» y «Difícil de leer entre mi luto y mi fantasma» están llamados, muy probablemente, a convertirse en una de las más revulsivas fuentes de reflexión del arte ecuatoriano contemporáneo.

Notas

[1] Las dimensiones de cada una de las obras defiere de las restantes. No obstante, la media de los lados mayores y menores se encuentra en torno a los cincuentaicinco y los cuarentaicinco centímetros, respectivamente.

[2] La capilla toma su nombre de Lucy, el ejemplar de la especie Australopithecus afarensis hallado en la Depresión de Afar, en territorio etíope, en 1977, y que constituye hasta la fecha el ejemplar descubierto más completo (con un total de cincuenta y dos huesos conservados) de esta familia de homínidos, primates bípedos erguidos, que vivió entre los 3.900.000 y los 3.000.000 años anteriores a nuestra era en la región oriental del continente africano y que muchos consideran como antecesor del Homo.

[3] Lengua de la familia lingüística Barbacoa, el o awá pit (lo que literalmente significa “la boca de los awá”), asimismo conocida como cuaiquer (o kwaiker). Es la lengua de la comunidad de los awá, pueblo amerindio que habita en la vertiente occidental de los Andes, tanto en territorio colombiano, como en el ecuatoriano (en la provincia de Esmeraldas, en este caso representado una estimación del diez por ciento del total de su población).

[4] En una comunicación telemática con el autor el 3 de febrero de 2017, Marco Alvarado transmite, en relación con su estima de los quirópteros: “hace tiempo, hacia 1995,  viví fuera de la ciudad (…) y tuve un cuarto para alojar murciélagos. Utilizaba su guano para abonar la tierra. Eran mis murciélagos queridos”.

[5] A título de ejemplo, citaremos el primero de los cinco párrafos que presenta el texto: “Me llamé Catalino y era analfabeto aunque en otras vidas fui intelectual, artista y hasta comisario de arte. Tenía el poder de disponer qué era arte y quiénes eran artistas. Como ya he vivido tanto y de tantas maneras, a veces permanezco suspendido, navegando entre vórtices de realidades en espera de ser reencontrado por mi consciente.  Ahora estoy aquí, pagando karmas reencarnado en “«obra de arte contemporáneo»”.

[6] Ambos trabajos fueron destruidos el mismo año de su realización, como consecuencia del incendio del Museo La Moneda del Banco del Pacífico, en Guayaquil, en el que se exponía, en el seno de la exposición colectiva Arte popular religioso del Ecuador. Vide Ampuero, Matilde: “La esencia de la transgresión”, en Monstruos es que somos. Guayaquil, MAAC, 2007, p. 13.

[7] Juan García ha recibido, asimismo, un homenaje explicito en el titulo de otros de estos «Imperativos categóricos»: Juangarcíaíazete + Ami eñeboe. Si el primer imperativo vendría a significarse en un “Asume la causa de Juan García”, el segundo término del título significa en lengua wao, “enséñame”, lo que redundaría en el reconocimiento de la ejemplaridad de la obra investigadora del homenajeado.

[8] Cinco de estas obras se encuentran colgadas en tres paredes de la sala, y tres, de idénticas dimensiones, se han dispuesto sobre el suelo, formando una suerte de pirámide.

[9] Como afirma José de la Cuadra en su ensayo pionero, publicado por vez primera en 1937 (Buenos Aires, Imán): “Los determinantes de la criminalidad del montubio arrancan de su sentido de la justicia, muy semejante al que informa la vendetta de la Italia meridional”. DE LA CUADRA, José: El montuvio ecuatoriano. Ed. de Humberto E. Robles. Quito, Universidad Andina Simón Bolívar, 1996, p. 35.

[10]  “Su panteísmo [de la población montubia] se manifiesta en la tendencia generalizada de la existencia de poderes protectores, ubicaos en objetos de lo más singulares y hasta ridículos: la piedra imán, la pezuña de la danta (uña de la gran bestia), etc. Como derivación de ese panteísmo, en los relatos montuvios los animales hablan, lo propio que las plantas y las cosas todas: sus impalpables presencias influyen en los destinos humanos, modificándolos favorable o desfavorablemente, según su condición de buenos o malos poderes”. Ibíd., p. 37.

[11] Nombre que recibe en la tradición oral montubia un duende lascivo que acecha durante la noche a las doncellas.

[12] La Esperanza es, asimismo, el escenario de la anécdota que recoge la obra Paisaje con guaraguao de la serie «Difícil de leer entre mi luto y mi fantasma».

[13] Wishishit significa “sonrisa” en lengua shuar. Wat kintai,  “Buenos días” en awá pit. Tiishiaiti  y Naanch, “Felicidades” y “guerrero”, respectivamente, en shuar. Nane wishãpit pianzhish, “No sé hablar la lengua de los mestizos”, en awá pit. Ino anpemin significa, por último, “hacerse chamán” en legua tsáfiqui.

[14] La iniciativa de popularizar el trabajo en la comuna, con la vocación de invitar a otros artistas –así, el escultor Marco Tulio Ochoa había tallado un caballo en la puerta–, hizo que los lugareños se refirieran a la de Alvarado como “la casa de los artistas”. Alvarado adquirió por seiscientos dólares esta casita a “la Fundación Hogar de Cristo, organización religiosa jesuita especializada en vender casas de caña a bajo costo a personas marginales”. Comunicación telemática con el autor el 5 de febrero de 2017.

 

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Acerca de juliocesarabadvidal

Julio César Abad Vidal es Premio Extraordinario de Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid, es Doctor en Filosofía (Área de Estética y Teoría de las Artes), Licenciado en Historia del Arte y Licenciado en Estudios de Asia Oriental, asimismo por la UAM. Desde su primera publicación, en 2000 y, en sus proyectos como docente y comisario, se ha dedicado a la reflexión sobre la cultura contemporánea con tanta pasión como espíritu crítico. Crédito de la imagen: retrato realizado por Daniela Guglielmetti (colectivo Dibujo a Domicilio); más información en https://juliocesarabadvidal.wordpress.com/2015/07/29/dibujo-a-domicilio-un-cautivador-proyecto-colectivo-socio-artistico/

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  1. Pingback: Marco Alvarado, un incómodo en el arte ecuatoriano contemporáneo | juliocesarabadvidal

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