Cuentos de San Petersburgo, de Nikolái Gógol. Y de Luis Doyague y Noemí Villamuza

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En la presente entrada proseguimos la introducción de aquellos Cuentos de San Petersburgo de Nikolái Gógol, que han conocido la reciente publicación de una edición anotada a cargo de Alfredo Hermosillo, que cuentan con adaptaciones gráficas o ilustraciones en el ámbito editorial español.

La editorial Nórdica, la campeona de la edición ilustrada en España de obras para un público no juvenil, lanzó en 2008 una edición del relato con una nueva traducción, responsabilidad de Víctor Gallego, e ilustraciones de Noemí Villamuza (Palencia, 1971)[1].

capote0Ya desde las frases iniciales de “El capote” (Шинель, Shinel’), el narrador abunda en la obsesión rusa por la posición social; “entre nosotros el rango es lo primero que hay que mencionar”[2]. Su protagonista, el malhadado Akaki Akákevich, supera la cincuentena y vive solo. Su existencia parece librar una batalla perdida de antemano contra una sociedad deshumanizada, la estulticia burocrática[3], y “los vientos helados del norte”[4], que azotan la ciudad que habita. Vientos helados que, no obstante, no afectan a todos por igual, cebándose con quienes cobran menos de cuatrocientos rublos al año. Por ello, un buen abrigo, o capote, resulta imprescindible. Y al bueno de Akaki Akákevich, el suyo hace tiempo que no le basta, pues de puro desgastado ya no le protege, lo que le ha provocado dolor en la espalda y el costado. Resulta conmovedor, esa suerte de espejo bruñido con las mil estrategias para ahorrar que establece el autor. Tamaños esfuerzos y un golpe inesperado de fortuna le conducen a estrenar un capote, en lo que el narrador denomina, con elocuencia, “el día más solemne en la vida”[5] del protagonista. Mas la felicidad es pasajera. Tanto, que apenas le sonríe unas horas. Con una despiadada ironía, que trasluce punzantemente el desencanto del autor, sufrimos con conmiseración la muerte del antihéroe, que no constituye el desenlace del relato: “La generosa ayuda del clima peterburgués favoreció a que la enfermedad avanzara más rápido de lo que hubiera podido esperarse. Cuando llegó el médico y le tomó el pulso únicamente pudo prescribir fomentos, y esto con el único fin de que el enfermo no muriera sin el auxilio de la medicina”[6].

capote5El final del cuento importunará de nuevo al lector por su denuncia de la inoperancia de los oficiales, temerosos de lo sobrenatural, pues el misterio que parece rodear una narración que pareciera orientarse a lo fantástico (una nueva muestra de la extraordinaria fluidez con la que Gógol transita en los límites y la problematización del Realismo), presenta una explicación tan congruente como crítica manifiesta en el último parágrafo del relato.

capote4Para su trabajo, Villamuza ha recurrido a dibujos en blanco y negro, realizados en grafito sobre papel, de los personajes del relato, las más de las veces, sin ambientación. Concentrar toda la atención en el personaje abunda en la representación de su soledad. Asimismo, el blanco de la página confiere casi involuntariamente una cabal explicitación de un entorno gélido, corresponsable del desenlace trágico de nuestro antihéroe, tratado con inequívoco cariño por la ilustradora[7]. No obstante, en ocasiones, los detalles arquitectónicos cobran una presencia impropia de la realidad (en uno de los dibujos el protagonista se halla coronando la cúpula de una arquitectura), sirviendo a una equiparación de la relectura de la ilustradora con los quiebres de la verosimilitud narrativa explícitos en la obra gogoliana. Villamuza logra una representación conmovedora de Akaki Akákevich, que es la de de cualquier hombre empequeñecido por la cotidianeidad del clasismo, del tedio laboral, y de una pertinaz injusticia que, por su carácter consuetudinario, ha logrado disfrazar su propia atrocidad.

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Por su parte, en 2010, la editorial Edelvives publicó una adaptación de dos de los relatos peterburgueses, “La nariz” y “El retrato”, en un volumen de novela gráfica con guión e ilustraciones de Luis Doyague (Valencia de Don Juan, León, 1964), de modo similar al lanzamiento de esta misma casa de aquel mismo año de una adaptación de un relato tolstoiano, ¿Cuánta tierra necesita un hombre? (Много ли человеку земли нужно?, Mnogo li cheloveku zemli nuzhno?), a cargo de Miguel Ángel Díez (Aspe, Alicante, 1973). Un trabajo al que hemos dedicado nuestra atención en este mismo espacio.

Doyague recibió el encargo de la editorial de ilustrar en blanco y negro y con una extensión de una setentena de páginas, alguna obra de Gógol, de quien en 2009 se había conmemorado el bicentenario de su nacimiento. Finalmente se decidió por ilustrar dos de los relatos peterburgueses, y por seguir un guión propio. Para el texto, empleó la traducción de  Juan López-Morillas, reeditada por la editorial Alianza en 1998. Su trabajo se demoró un total de seis meses, los seis primeros de 2010. Como es habitual en su trabajo, Doyague parte de un boceto a lápiz que, tras su escaneo, es modificado y trabajado en escala de grises. La amplitud del trabajo de adaptación de Gógol le condujo, no obstante, a que el escaneado se produjera con anterioridad a un entintado preliminar. Esta adaptación constituye la primera y hasta la fecha única de las novelas gráficas del autor. Doyague optó por estos dos relatos por su particular sensibilidad literaria, en la que se encuentra un gusto, en primer lugar, por lo macabro a lo Poe (y la segunda parte de “El retrato” resulta en muchos casos afín a las atmósferas poeianas), y, en segundo lugar, por lo caricaturesco, presente de modo ejemplar en “La nariz”.

La Nariz 19“La nariz” (Нос, Nos) comienza centrándose en macabro hallazgo que desencadena la historia. Uno de sus coprotagonistas, Iván Yákovlevich, un barbero malcasado descubre una nariz en el interior de una hogaza de pan. Con una indicación sarcástica, el narrador afirma que resultó más estremecedor el enfado de la mujer que el terror del mismo descubrimiento[8]. Si Gógol lanza veneno contra los burócratas en innúmeras ocasiones, su inquina no se limita exclusivamente a los trabajadores de cuello blanco, y es que, “como todo trabajador ruso que se respete, Iván Yákovlevich era un borracho empedernido”[9]. Resulta notable la denuncia de la obsesión por el estatus social, común a las obras mayores de Gógol, como ilustra el hecho de que al desnarigado, un asesor colegiado del Cáucaso Kovaliov, le resulte más enervante que su nariz tenga una mayor posición social que su legítimo propietario al que se ha desprendido, así, por las buenas, del mismo. El relato, además de contener fantasía y una sátira social, procede a una problematización del mayor interés de la propia creación literaria en el desenlace de un relato de un hecho inverosímil.

Su predilección por el estilo caricaturesco, ejemplar en el relato gogoliano elegido, resulta afín al grafismo empleado por Doyague, como ejemplifica la enormidad del apéndice nasal cuya desaparición y reaparición vehicula la integridad del relato y de su adaptación gráfica en algo más de una veintena de páginas que siguen, contrariamente a su adaptación de “El retrato”, el curso de los acontecimientos transmitidos por el narrador.

El Retrato 07Escrito en dos partes, “El retrato” (Портрет, Portret), la segunda ofrece una muy explícita y formularia moraleja, y por serlo, espuria, pero a pesar de cuanto se la ha criticado, constituye un interesante aporte a las numerosas creaciones literarias de carácter macabro que se han ocupado del arte como un sustituto imposible de la vida. Por tratarse de un pintor y de un retrato los protagonistas de la primera y de la segunada parte, respectivamente, , abundan las digresiones sobre Estética del autor, siendo este otro de los aspectos de interés del relato.

La primera parte de “El retrato” tiene por protagonista a un talentoso, mas desafortunado, pintor de veintidós años, Chartkov, la misma edad de otro malhadado pintor, el que protagoniza su “La avenida Nevski”, Piskariov. El relato sirve a Gógol para enfrentarse a una crítica aduladora y mercenaria, y presenta consideraciones estéticas de Gógol, quien cultivó la pintura. El retrato que concede título a la obra lo es de un maléfico y leonino prestamista, cuyo pintor logró captar de una manera tan asombrosa y aterradora su mirada[10] que pareciera su alma perversa habitar el cuadro, lo que desencadenará la tragedia de todos los que de algún modo se relacionan con él[11]. Chartkov, sorprendido por la fortuna económica que la adquisición de este cuadro le depara en un episodio sorprendente y sospechoso, la misma que le hace comprar su presentación en sociedad, padecerá una arrogancia creciente que le hará, por ejemplo, menospreciar a Miguel Ángel y vanagloriarse de sus propios méritos, al tiempo que aumenta su materialismo, el “terrible regalo”[12] que es el dinero.

El Retrato 12El hecho de que se ocupe de un artista y de presentar un carácter lóbrego y misterioso sedujeron a Doyague para establecer un desarrollo icónico verbal del mayor interés para un lector juvenil, que sintetiza la trama y la reordena para seguir el orden cronológico de los acontecimientos. Uno de los aciertos de su adaptación es la representación del demoníaco retratado, que Doyaque ofrece, con buen criterio y magnífica resolución, a página completa (en la p. 46), en el instante en el que abandona el lienzo en la fantasía onírica del pintor[13]. Y es que la secuencia completa de esta pesadilla en nueve y doce viñetas de iguales dimensiones en las páginas anterior y posterior, respectivamente, resulta en verdad estimulante para el lector.

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Notas

[1] En 2011 fue reimpreso, mas en un formato menor (19,2 x 13 cm frente a las dimensiones 25,6 x 19,5 cm de la edición original) dentro de la colección Miniilustrados. No se trata de una reedición en letra de tamaño más reducido. El original de 2008 presenta un total de 75 páginas, mientras que el de 2011 alcanza las 101. Las ilustraciones fueron distribuidas en el texto mediante una nueva maquetación, entre las que destaca en ocasiones la presencia de ilustraciones a doble página sin texto alguno en la segunda versión, frente a la presencia de texto en la primera.

[2] GÓGOL, Nikolái: Cuentos de San Petersburgo. Tr. de Alfredo Hermosillo. Madrid, Cátedra, 2017, p.  109. Gógol le retrata del siguiente modo: “nuestro hombre era lo que llaman un eterno consejero titular” (ibíd.).

[3] Una mezcla de ambos males le condena. Tras sufrir un robo que habrá de resultarle mortal, un general, quien habría de haber auxiliado, le humilla. “La persona importante, satisfecha del efecto de sus palabras que superaba en mucho lo que esperaba, no cabía en sí de gusto al pensar que sus palabras podían hacer desfallecer a un hombre” (ibíd., p. 134).

[4] P. 115. Próximo el desenlace de nuestro protagonista, Gógol insistirá: “El viento, como es costumbre en San Petersburgo, le llegaba por todos los lados, es decir, desde los cuatro puntos cardinales y desde todos los rincones del más escondido callejón” (ibíd., p. 134).

[5] Ibíd., p. 123.

[6] Ibíd., pp. 134-135.

[7] De este modo se refiere Villamuza al relato en un correo electrónico que nos dirigió el pasado 20 de octubre: “Un relato crudo y sombrío, donde un hombrecito aparentemente gris, debía iluminar las páginas a base de tesón y voluntad…”.

[8] “Iván Yákovlevich dejó caer los brazos, se restregó los ojos, y volvió a palpar aquel objeto: Era una nariz. ¡Una nariz! Por lo demás, parecía ser la nariz de alguien conocido. El horror se pintó en su rostro. Sin embargo, aquel horror no era nada comparado con la indignación de su mujer” (GÓGOL, Nikolái: Cuentos de San Petersburgo. Op. cit., p. 50).

[9] Ibíd., p. 51.

[10] “Verdaderos ojos humanos”, como los identifica en la p. 189.

[11] “Aunque el retrato  estaba deteriorado y cubierto de polvo, después de limpiarlo descubrió la huella del trabajo de un gran artista. Parecía un retrato inconcluso, pero la seguridad del trazo era sorprendente. Lo más extraño eran sus ojos, en los cuales el artista parecía haber concentrado toda la fuerza de su pincel. Lo miraban a uno como si estuvieran a punto de salirse del retrato, deshaciendo la armonía del cuadro con su extraordinaria viveza. Cuando acercó el retrato a la puerta, los ojos lo miraron aún con más intensidad” (ibíd., p. 184). Las cursivas son nuestras. Gógol concede ya vida al retratado, preanunciando un desarrollo fantasmagórico.

[12] Ibíd., p. 211.

[13] El retrato aparece, asimismo, íntegra o parcialmente en las páginas 40, 43, 50, 51, 66, 69 y 70. Si en la penúltima representación, el cuadro se muestra en el centro de una viñeta en la que se representan cuatro personajes con las facciones del retratado (en realidad, solo tres son visibles por completo, pero del rostro oculto del cuarto cabría esperar otro tanto), en uno de los delirios finales del malhadado pintor. En la última página (p. 70), resulta inequívoco el anuncio de que la adquisición del retrato conducirá a su nuevo dueño a la tragedia.

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Acerca de juliocesarabadvidal

Julio César Abad Vidal es Premio Extraordinario de Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid, es Doctor en Filosofía (Área de Estética y Teoría de las Artes), Licenciado en Historia del Arte y Licenciado en Estudios de Asia Oriental, asimismo por la UAM. Desde su primera publicación, en 2000 y, en sus proyectos como docente y comisario, se ha dedicado a la reflexión sobre la cultura contemporánea con tanta pasión como espíritu crítico. Crédito de la imagen: retrato realizado por Daniela Guglielmetti (colectivo Dibujo a Domicilio); más información en https://juliocesarabadvidal.wordpress.com/2015/07/29/dibujo-a-domicilio-un-cautivador-proyecto-colectivo-socio-artistico/

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