Cuentos de San Petersburgo, de Nikolái Gógol

GÓGOL, Nikolái: Cuentos de San Petersburgo. Tr. de Alfredo Hermosillo. Madrid, Cátedra, 2017

Son incontables las razones por las que resulta no ya sugestivo sino esclarecedor acudir a la obra de Nikolái Gógol. Dotado de una proverbial personalidad estilística cuyo disfrute nos es privado a quienes no integramos la comunidad rusohablante[1], Gógol, no obstante, es una fuente inagotable de hallazgos que parecen adelantarse a Franz Kafka, a Alfred Jarry, a Eugène Ionesco, a Pablo Palacio, a Witold Gombrowicz[2]. Nacido en Soróchinsty, en territorio ucraniano en la actualidad, pero perteneciente al Imperio Ruso entonces, en 1809, Gógol falleció en Moscú en 1852. Lo prematuro de su muerte, cuando contaba apenas cuarenta y dos años de edad, hace que el lector se maraville ante los abrumadores logros de un escritor que concluyó sus días de un modo probablemente terrible.

Cuentos de San Petersburgo constituye una reunión de cinco extraordinarios relatos de Nikolái Gógol publicados en vida del autor. Una reunión apócrifa contrariamente, por ejemplo, a un título muy similar, Relatos de Sevastópol, de Lev Tolstói[3]. “La avenida Nevski”, “Diario de un loco” y “El retrato”, fueron publicados en 1835. “La nariz”, lo fue en 1836, y “El capote”, en 1842. El conjunto presenta diversos elementos comunes, tales como su escenario: la más europea de las ciudades rusas, aunque lo más singular es la fricción que se produce en ellos entre realidad y fantasía y la presencia de diversos giros irónicos que desestabilizan la pretensión de objetividad de un Realismo del que muy curiosamente se ha identificado a Gógol como su fundador en las letras en ruso. Asimismo, resulta una constante en este conjunto de relatos el retrato descarnado de los burócratas, a los que hubo de conocer bien pues el propio Gógol ocupó, si bien brevemente, una función semejante. Y no resulta menos conspicua su conmiseración por los parias. “Qué diablos es un hombre sin nariz’”[4], se preguntará el narrador en torno a quien ha perdido su apéndice nasal en uno de los más célebres relatos gogolianos.

De estos cinco relatos se publicaron hace ya casi una década dos volúmenes ilustrados con tres de ellos: “La nariz” y “El retrato” lo fueron en un volumen conjunto de historieta gráfica, obra de Luis Doyague, mientras que “El capote” ha conocido una edición exenta del relato, en traducción de Víctor Gallego, con ilustraciones de Noemí Villamuza. Con anterioridad a la glosa de estas iniciativas ilustradas, a las que dedicaremos una entrada subsiguiente, nos ocuparemos brevemente de los dos relatos que han quedado sin ilustrar: “La avenida Nevsky” y “Diario de un loco”.

“Diario de un loco” (Записки сумасшедшего, Zapiski sumasshedshego), escrito en primera persona, retrata la profundización en la demencia de su protagonista-narrador, lo que es ya evidente en las fechas de las diferentes entradas, cuya coherencia se pierde tras la correspondiente al 8 de diciembre, pues la siguiente está datada de este modo: “Año 2000. 43 de abril”, fecha en la que se erige, en su fantasía, en rey de España[5]. El loco tiene 42 años, los que tendrá Gógol a su muerte. Su protagonista es un copista de documentos, como lo será otro personaje extraordinariamente influyente, el Bartleby de Herman Melville[6], y su  demencia habrá de ser detonada o provocada por un desengaño amoroso en el que, nuevamente, Gógol procede a una parabólica condena del clasismo de la Rusia de su tiempo. El lector disfrutará a lo largo de las páginas del apócrifo diario de un fantasioso humorismo y, probablemente, se sentirá incómodo al sorprenderse esbozando en innúmeras ocasiones su sonrisa.

Por su parte, “La avenida Nevski” (Невский проспект, Nevskii prospeky) se abre con una digresión muy extensa en torno a la vía principal de la más europea de las ciudades rusas. No se trata de una glosa meramente descriptiva, sino que sirve a Gógol para establecer un retrato colectivo de sus ciudadanos, y por extensión, de los rusos, en el que destila una ironía ponzoñosa. No en vano, el relato concluye con una nueva alusión a la avenida, mucho más breve y directa, que transmite, contrariamente al triunfalismo primero, desilusión y desencanto. Pero el relato lo es, asimismo, de dos aventuras amorosas altamente contrastantes. La primera, de carácter espiritual, la segunda, mucho más prosaica. Las dos no acaban bien, pero si la primera conduce a su víctima a la locura y la muerte, el segundo permanece intocado en su personalidad tras recibir una paliza del marido de la mujer a la que pretendía seducir. La Avenida Nevski sirve a Gógol como microcosmos para diagnosticar su pena ante el mundo, mas un sentir que se aparta de lo patético para abrazar, con punzantes ironías, la acidez. Por ello, el mundo no resulta adecuado a los soñadores, como el protagonista de la sección mayor de este relato, un joven pintor de veintidós años[7], Piskariov, que prefiere abandonar la realidad cuando descubre que la mujer de la que se ha enamorado de modo fulgurante es una prostituta. Piskariov, quien llega a desear que su amada hubiera sido una pintura, en una fantasía fetichista, la amará en sueños, abandonándose a los brazos de Morfeo mediante el recurso al opio. Y es que, “qué repugnante es la realidad comparada con el sueño”[8], explicita empáticamente el narrador, quien le depara un trágico desenlace.

Gógol resulta asombroso en su locuaz tratamiento del dolor del mundo. Y, por ello, nos parece tan necesario.

Notas

[1] Baste recuperar, a este respecto, las palabras de Alfredo Hermosillo en la introducción a su traducción de Almas muertas, “Gógol  es, quizá, el autor ruso que más pierde en traducción, pues es difícil apreciar su lenguaje en otro idioma. El efecto de extrañeza que provoca en ruso es casi imposible de «pasar» al castellano. Es posible, sin embargo, traducir su estilo de excéntrica invención (orquestadora de múltiples voces y diálogos) si el traductor centra su atención en el uso específico que hace Gógol del lenguaje”. Cfr. GÓGOL, Nikolái: Almas muertas. Tr. de Alfredo Hermosillo. Madrid, Cátedra, 2015, p. 75.

[2] La editorial Alba lanzó un volumen que, al incluir sendos ensayos de Vissarión G. Belinski, Jan Kott y Andréi Biely, ofrece una inmejorable presentación del Gógol dramaturgo. Cfr. GÓGOL, Nikolái V.: El inspector. El casamiento. Los jugadores. Tr. de Fernando Otero Macías y José Ignacio López Fernández. Barcelona, Alba, 2010.  Por su parte, en 2009, la editorial Alianza reeditó la trafucción de José Laín Entralgo de El Inspector, asimismo acompañada por tres importantes materiales gogolianos relaiconados con un obra histórica: “Fragmento de una carta, escrita por el autor a un literato después del estreno de El Inspector“, “A la salida del teatro después de un estreno” y ” Adevertencia a los que quieran representar como es debido El Inspector“, en las pp. 193-199, 200-253 y 254-262 del citado volumen, respectivamente.

[3] Una de las joyas del asombroso catálogo de títulos rusos de la editorial Alba. Cfr. TOLSTÓI, Lev: Relatos de Sevastópol. Tr. de Marta Sánchez-Nieves Fernández. Barcelona, Alba, 2013. Contrariamente, a los relatos tolstoinaos, que se ocupan del Sitio de Sevastópol durante la Guerra de Crimea, los de Gógol no constituyen análisis de episodio histórico alguno.

[4] GÓGOL, Nikolái: Cuentos de San Petersburgo. Tr. de Alfredo Hermosillo. Madrid, Cátedra, 2017, p. 67. En lo sucesivo, todas las citas de los relatos peterburgueses procederán de esta reciente edición.

[5] Dos entradas antes, el autor se muestra muy preocupado con las noticas que lee en los diarios rusos sobre los conflictos que darían lugar a la Primera Guerra Carlista.

[6] “Bartleby, the Scrivener: A Story of Wall Street”, que fuera publicada anónimamente en sendas entregas de la Putnam’s Magazine, fechadas en noviembre y diciembre de 1853.

[7] Lo que permite a Gógol criticar la pobreza, en su opinión, del arte ruso de su época.

[8] GÓGOL, Nikolái: Cuentos de San Petersburgo. Op. cit., p. 161.

 

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Acerca de juliocesarabadvidal

Julio César Abad Vidal es Premio Extraordinario de Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid, es Doctor en Filosofía (Área de Estética y Teoría de las Artes), Licenciado en Historia del Arte y Licenciado en Estudios de Asia Oriental, asimismo por la UAM. Desde su primera publicación, en 2000 y, en sus proyectos como docente y comisario, se ha dedicado a la reflexión sobre la cultura contemporánea con tanta pasión como espíritu crítico. Crédito de la imagen: retrato realizado por Daniela Guglielmetti (colectivo Dibujo a Domicilio); más información en https://juliocesarabadvidal.wordpress.com/2015/07/29/dibujo-a-domicilio-un-cautivador-proyecto-colectivo-socio-artistico/

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