Marco Alvarado, un incómodo en el arte ecuatoriano contemporáneo

La presente entrada reproduce en su integridad el ensayo publicado en la revista del Centro de Estudios Iberoamericanos de la Universidad Nacional de Seúl  (서울대학교 라틴아메리카 연구소), 트랜스라틴 –Translatin– (Seúl), en traducción al coreano de 박병규 (Park Byeong Gyu), bajo el título de “마르코 알바라도, 징그러움을 추구하는 에콰도르 현대 미술가”, en el número  34, septiembre de 2016, pp. 75-82.

“마르코 알바라도, 징그러움을 추구하는 에콰도르 현대 미술가”의 한글로 번역된 것은 여기에 있습니다:  http://translatin.snu.ac.kr/webzin/data/webzin/1825620660_XFbzK0US_Trans16090111.pdf

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Marco Alvarado, un incómodo en el arte ecuatoriano contemporáneo

Con su ingreso en el colectivo La Artefactoría, el autodidacta Marco Alvarado (Guayaquil, 1962) comenzó una obra inclasificable en su heterogeneidad y alumbrada de un componente crítico para con su sociedad que le identifican como una figura crucial, pese a su ausencia del circuito institucional del arte, de las prácticas artísticas contemporáneas en Ecuador.

En 1981, siendo entonces Juan Castro y Velázquez (Guayaquil, 1947), Director de la Pinacoteca del recién creado Museo Antropológico y Pinacoteca del Banco Central del Ecuador, recibió una solicitud por parte de cinco estudiantes del Colegio Municipal de Bellas Artes “Juan José Plaza” de Guayaquil para que les apoyara. Estos jóvenes eran, por orden alfabético, Flavio Álava (Guayaquil, 1957), Pedro Dávila (Guayaquil, 1959), Xavier Patiño (Guayaquil. 1961), Marcos Restrepo (Catarama, Provincia de Los Ríos, 1961) y Jorge Velarde (Guayaquil, 1960). El crítico y gestor, debido a la juventud y escasa experiencia de aquellos, no consideró oportuno apoyarles institucionalmente, pero sí, en cambio, decidió hacerlo a título personal, facilitándoles un taller en una parte de su residencia familiar y mostrándoles libros y aun obras de arte contemporáneo traídas de sus viajes a Europa.

El primer estímulo se manifestó en la presentación de los jóvenes a la galerista Madeleine Hollaender, quien les invitó en 1981 a exponer en su galería, entonces localizada en el Hotel Oro Verde. Poco después, Castro y Velázquez propone crear un grupo de artistas, invitando, asimismo, además de a los primeros cinco integrantes, a Marco Alvarado y a Paco Cuesta (Guayaquil, 1953), quienes serán, respectivamente, el menor y el mayor en edad del conjunto de sus miembros. La introducción de Marco Alvarado, quien había comenzado estudios de Arquitectura en la Universidad Católica de su ciudad natal, estudios que no concluiría, se debió a una recomendación del arquitecto José Vicente Viteri, entonces su profesor, que descubrió en Alvarado aptitudes artísticas desconcertantes, poniéndole en contacto con Castro y Velázquez[1].

De este carácter rebelde ofrece testimonio una temprana acción de Alvarado, desarrollada en 1982, como solución a un ejercicio obligatorio para el taller de diseño arquitectónico de su facultad, en el que se exigía a los alumnos la exposición de una propuesta habitacional para una familia de cinco miembros en un área de veinte metros cuadrados en un contexto en el se estaba desarrollando la construcción de los guamos, infraviviendas para la población de aluvión. Marco Alvarado explicita en esta práctica, que tituló Vivienda mínima, su censura de los usos académicos, por cuanto consideraba que atentaban contra su propia conciencia social. De este modo, su solución fue la de destruir los planos que había preparado, cortándolos en tiras que colgó del techo del espacio en que los alumnos debían presentar sus propuestas. A continuación, logró que un compañero, después de atravesar en diversas ocasiones esas cintas de papel, le permitiera ser atado con una cinta de embalaje a esos papeles aunque no pudo conseguir que su colaborador ejecutara, como Alvarado había deseado, que ejecutara la acción íntegramente desnudo. Marco Alvarado contaba en aquel tiempo dieciocho años de edad y podemos creerle cuando afirma que desconocía entonces la existencia de las prácticas performáticas.

En 1983, La Artefactoría realiza una obra conjunta que presenta, como en todas las ocasiones, una suma de esfuerzos colectivos. Se trata de una edición de 250 ejemplares numerados y firmados de una caja que contenía, en una precaria caja de cartón, un texto de Juan Castro y Velázquez, titulado “Editorial”, y firmado en Guayaquil en junio de 1983, y sendas obras de los miembros del colectivo: Flavio Álava, Paco Cuesta (el único que comparece con dos producciones), Xavier Patiño, Marcos Restrepo, Ismael Vargas y Jorge Velarde. La edición se llamó Revista Objeto-Menú. El único de los miembros que no compareció finalmente en la edición fue Marco Alvarado, aunque había preparado ya sus ejemplares para la revista. Alvarado se distanciaría por entonces del colectivo, no reintegrándose en  La Artefactoría hasta 1986.

Desaparecido o Escapulario para un desaparecido, (la carne del menú). 1983, fotografía, de 3,5 x 2,4 cm, gasas médicas, cordón de tela y hierbas aromáticas: canela en rama, botones secos de clavo y semillas de anís

La aportación que había preparado Alvarado para la ocasión fue bautizada como Desaparecido o Escapulario para un desaparecido, (la carne del menú) (1983, fotografía, de 3,5 x 2,4 cm, gasas  médicas, cordón de tela y hierbas aromáticas: canela en rama, botones secos de clavo y semillas de anís). La obra se identifica visualmente como una suerte de escapulario. Para la imagen que aparece en él, la del “desaparecido” titular, Alvarado tomó unas fotografías al cuerpo semidesnudo de un amigo, por lo que no se trataba, por motivos obvios, de la imagen de ningún desaparecido (no puede fotografiarse aquello que se ha hecho desaparecer después de que así haya sido). El cuerpo es un cuerpo comestible, canibalizado, como explicita el subtítulo de la obra (la carne), su ingrediente para el menú colectivo para el que originalmente previó la obra, aunque su participación quedara finalmente frustrada. Como Olmedo Alvarado (Cuenca, 1955) en su instalación Cruces en el río, un evento colectivo que dirigió de modo alternativo a la inauguración de la V Bienal Internacional de Pintura de Cuenca (1996), aunque años antes, Marco Alvarado se refiere ya en 1983 a la epidemia de desapariciones que se tornaría endémica en las dictaduras sudamericanas, y que en el caso ecuatoriano se recrudecería justamente a partir del año siguiente al que realizó su propuesta para Revista Objeto-Menú, con la llegada a la Presidencia de la República de León Febres Cordero (que seríe Presidente entre 1984 y 1988), como demuestra una ardua iniciativa, el Informe de la Comisión de la Verdad Ecuador 2010: Sin verdad no hay justicia, que fue publicado en 2010  en un total de cinco tomos y un resumen ejecutivo.

Identidad Nacional. 1985, bandera tricolor de Ecuador sin escudo, crucifijos, exvotos de estaño, monedas, juguetitos, billetes enrollados, estampas religiosas, escapularios y medallas militares, 155 x 195 cm

Desde el comienzo de sus actividades artísticas, Alvarado ha recurrido a la apropiación de iconos nacionales y de la cultura popular ecuatoriana como un vehículo expresivo y analítico tendente a una afirmación crítica que pretende reflexionar sobre el modo en que la clase política pretende manipular la cuestión nacional. Una obra muy elocuente, y que registra una notable valentía, pues la realizó durante el régimen febrescorderista, es su icónica, Identidad Nacional. Confeccionada en 1985, Identidad Nacional se presenta como una bandera tricolor (sus dimensiones son de 155 x 195 cm), aunque carente del escudo de Ecuador, y sobre la cual se ha dispuesto una profusión de elementos cosidos, entre los que se hallan crucifijos, exvotos de estaño, monedas, juguetitos, billetes enrollados, estampas religiosas, escapularios o medallas militares.

Con posterioridad, Alvarado participaría junto a, nuevamente, Patiño y Restrepo en diversos programas colectivos, particularmente orientados hacia la intervención del público o la discusión sobre el mundo del arte en el Ecuador de su tiempo. Así, Alvarado, Patiño y Restrepo comparecieron en un evento que se prolongó durante tres días en la galería Madeleine Hollaender, en los que cada uno, por turno, procedía a una intervención en el espacio. El primero fue Patiño, quien dispuso sobre las paredes de la galería treinta y seis lienzos vírgenes montados en bastidores. Al día siguiente, aquellos fueron descolgados mientras Alvarado cubría todo el espacio expositivo de ramas de sauce. Por toda pintura, una lona cuadrangular de unos 240 cm de lado, que cubría una de las paredes de la galería había sido embadurnada con sangre humana (que logró de un banco de sangre, ya corrompida) y un monitor de televisión, encendido, se enfrentaba a él como fuente de iluminación. El último día, y después de haber retirado el montaje de Alvarado, Restrepo dispuso útiles y soportes de los que podían servirse con libertad para pintar los asistentes a la exposición. Y, del mismo modo, participaron en Arte en la calle, un evento que tuvo lugar en Guayaquil en 1987, y del que participaron Alvarado, Patiño y Restrepo, además de Flavio Álava, entonces de regreso desde su estancia en Europa, así como los artistas Xavier Blum, Juan González, Joaquín Serrano, Mauricio Suárez-Bango y Rucky Zambrano. En una situación social poco alentadora, la intervención de Marco Alvarado, El arte está en la calle, presentaba un inequívoco carácter lúdico, y consistió en arrojar un elevado número de pelotas de trapo en el Parque Centenario, que fueron inmediatamente activadas por quienes transitaban por entonces el lugar.

Testimonio de su ansiedad comunicativa, Alvarado ha procedido en diversas ocasiones a la redacción de manifiestos. Pese a que fue confeccionado a lo largo de diversas reuniones con Patiño y Restrepo, entonces sus más cercanos compañeros artistas, en 1986, la aportación directriz y fundamental del escrito El Pasquín fue responsabilidad de Marco Alvarado. El Pasquín es el título de un documento mecanografiado, originalmente en seis folios, aunque el sexto y último se ha perdido, cuyo original, en su versión final con algunas tachaduras, conserva Alvarado. El texto resulta fulgurante en una prosa excesiva, apasionada, en la que se llama a la revitalización de la sociedad:

Jamás se quedó muda la vida, nunca dejamos de hacer. Nosotros, caníbales, no heredamos la patraña denunciadora, nosotros somos todos, un idéntico placer nos llama (…) Aquí estamos. Hombres y mujeres no somos una masa inerte de insensibles e insípidos humanoides, somos muy distintos. Mestizos por herencia, indios por situación. Somos de toda la tierra y amamos este continente (…) Somos bellos, tenemos el color de la tierra, los ríos encendidos y en las miradas un abismo.

Santo, de la serie “Monstruos es que somos”. 2007, impresión digital 120 x 160 cm

Esta identificación como caníbales, de acuerdo con el propio Alvarado, se hermana con la posición del movimiento antropófago brasileño. Su enfoque, es el de quien deseaba constatar la situación crítica del artista de Nuestra América que pretende dejar de ser un muñeco en manos de un ventrílocuo que espera hacerle hablar con unas palabras ajenas, impuestas. Una situación en la que Alvarado abrazaba la incomodidad y el exceso como instrumentos privilegiados de su actuación crítica. Autodidacta, pero dotado de notables aptitudes técnicas, Alvarado procedería en lo sucesivo a la realización de diversas series pictóricas en las que resulta expresa su sensibilidad social. Una sensibilidad que, en ocasiones, se ha manifestado como un atentado al buen gusto, con trabajos de un extraordinario impacto visual, tanto en obras pictóricas, como en collages, instalaciones y aun recurriendo, de modo pionero en Ecuador, al arte digital, como ocurriera en las impresiones y animaciones digitales de su exposición Monstruos es que somos, celebrada en 2007 en el Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo de Guayaquil[2].

Exvoto de Tarsila. 2010-2011, trasposición de Marco Alvarado de una pintura realizada por el nieto de Tarsila, pintura al esmalte sobre madera

Ya en su juventud, Marco Alvarado había desarrollado diversos trabajos como dibujante, dirigidos a la alfabetización de la población indígena (1984-1985), lo que le permitió profundizar en su conocimiento de unas prácticas y unos ritos que le habían servido para la realización de objetos, ya exentos, como La muerte de la guagua negra de pan (Mención de Honor en el histórico Salón Vicente Rocafuerte, 1983), ya para el desarrollo de acciones artísticas como Autobeatificación (asimismo, de 1983). Durante los últimos años, Alvarado se ha dedicado a la activación de proyectos con comunidades montubias (quienes se dedican a la agricultura en las tierras de las provincias costeñas del país), con las que desarrolla talleres participativos de discusión social y de creación, como, por ejemplo, en la producción de exvotos a través de los cuales sus pobladores manifiestan con la escritura y la pintura los dolorosos procesos que recientemente han atravesado como consecuencia de la ocupación de sus tierras. En este sentido, entre 2008 y 2010 estuvo vinculado al proyecto La Esperanza en el Cantón de Isidro Ayora, en la Provincia del Guayas, que culminaría en un evento, que se  denominó Proyecto Bolívar, celebrado en el Museo de Antropología y de Arte Contemporáneo de Guayaquil durante los días 10 y 11 de febrero de 2010, en el que se reunieron especialistas, dirigentes campesinos, campesinos y abogados que discutieron la figura de Simón Bolívar y contribuyeron a visibilizar la problemática del agro ecuatoriano. Del mismo modo, Marco Alvarado trabajó con un colectivo entre 2010 y 2011 en la Comuna Salanguillo, en la Provincia de Santa Elena, donde desarrollaría, asimismo, a título personal, una serie pictórica dedicada al género del paisaje. Finalmente, ha abordado el proyecto Exvotos y corridos para Crónicas de Negras de un libertador desconocido en un país muy lejano que no se llama Ecuador, desarrollado entre Guayaquil y Ballenita con cuatro jóvenes y un hombre marginales, así como con una madre y una hija, que vivían, asimismo, en la marginalidad, cuyos frutos fueron expuestos en la Parque del Seminario de Guayaquil en 2011.

Marco Alvarado presenta entre sus objetivos el de constatar la compleja situación del creador de Nuestra América, abrazando la incomodidad y el exceso como instrumentos privilegiados de su actuación crítica. Una posición que su alejamiento de los cauces habituales de circulación de las mercancías artísticas para acometer, en su lugar, proyectos de arte y comunidad, ilustra de modo sincero y ejemplar.

Notas

[1] El crítico ecuatoriano más influyente de su generación, Hernán Rodríguez Castelo (Quito, 1933) considera a Marco Alvarado el más interesante artista conceptual de Ecuador. Así, afirma: “El más vigoroso y penetrante de los conceptuales del grupo de Guayaquil [La Artefactoría] y, en general, de los ecuatorianos es Marco Alvarado (Guayaquil, 1962). Partió de instalaciones que plasmaban extrañas liturgias, entre mágicas y religiosas (“La muerte de la guagua negra de pan”: muñeca negra en cofre blancos con adornos negros, sobre la mesa de blancos manteles, orlada de negro), y siguió penetrando conceptualmente en lo religioso, a través de fetiches. Después, conjugando con violencia pintura y colage, hizo pintura de denuncia de las agonías de esta América nuestra (“Sangre, cemento y pólvora”), y, con pintura de color restallante y trazo entre gestual y roto, buscó penetrar en lo real”. RODRÍGUEZ CASTELO, Hernán: Panorama del arte ecuatoriano. Quito, Ministerio de Educación y Cultura, 1993, p. 155.

[2] Motivo por el que se publicó el catálogo más exhaustivo dedicado a su trabajo, con textos de la curadora de la exposición, Matilde Ampuero (Guayaquil, 1961). Cfr. Monstruos es que somos. Guayaquil, MAAC, 2007.

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Acerca de juliocesarabadvidal

Julio César Abad Vidal es Premio Extraordinario de Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid, es Doctor en Filosofía (Área de Estética y Teoría de las Artes), Licenciado en Historia del Arte y Licenciado en Estudios de Asia Oriental, asimismo por la UAM. Desde su primera publicación, en 2000 y, en sus proyectos como docente y comisario, se ha dedicado a la reflexión sobre la cultura contemporánea con tanta pasión como espíritu crítico. Crédito de la imagen: retrato realizado por Daniela Guglielmetti (colectivo Dibujo a Domicilio); más información en https://juliocesarabadvidal.wordpress.com/2015/07/29/dibujo-a-domicilio-un-cautivador-proyecto-colectivo-socio-artistico/

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