La muerte de Iván Ilich. Lev Tolstói y Mariano Henestrosa

ilich

TOLSTÓI, Lev: La muerte de Iván Ilich. Tr. de Juan López-Morillas. Ilustraciones de Mariano Henestrosa. Madrid, Alianza, 2016.

En lo que tal vez constituya una estrategia para reivindicar la seducción del soporte del libro físico frente a la creciente popularización del formato electrónico, parecemos asistir a una verdadera ofensiva editorial de materiales ilustrados dirigidos al público adulto. Recientemente ha sido publicado un volumen admirable. Se trata de la edición de la novella (o novela corta) La muerte de Iván Ilich (1886) de Lev Tolstói con ilustraciones de Mariano Henestrosa[1].

Lev Tolstói (Yásnaia Poliana, Tula, Rusia, 1828-Astápovo, Lípetsk, Rusia, 1910) emprendió de una manera frontal en La muerte de Iván Ilich (Смерть Ивана Ильича, Smert Ivana Ilyichá) una reprobación del carácter consuetudinario, convencional, de la mentira y de la hipocresía en la sociedad de su época –y que podría ser la nuestra–. Para su condena, Tolstói se sirvió de la conciencia crecientemente atormentada de un moribundo, Iván Ilich, miembro del Tribunal de Justicia, quien descubre y diagnostica el modo en que el arribismo y los convencionalismos apartan al ser humano de la esencia de pureza que sólo puede reconocer en la infancia (en la propia, a través de la nostalgia de la memoria) o en la vida de los hombres que trabajan en el campo (en su fiel servidor Guerásim, ayudante de su mayordomo[2]). De este modo, Tolstói procede a una condena in toto de una sociedad cuyos usos corrompen y aprisionan a sus miembros en la ilusión de la prosperidad y la respetabilidad, mientras se encuentran sumidos en una cultura meramente decorativa y epidérmica, como demuestra la alusión a la actriz Sarah Bernhardt, de visita en la ciudad, y a quien toda la familia, salvo el enfermo, va a ver en una función; “Iniciose una conversación acerca de la elegancia y el realismo del trabajo de la actriz –una conversación que es siempre la misma” (p. 95).

Como hiciera Aleksandr Kaydanovski en su adaptación cinematográfica del relato, Prostaya smert (1985)[3], el pintor y dibujante Mariano Henestrosa (Madrid, 1983) ha recurrido para sus ilustraciones al blanco y negro[4], lo que sumado a la ausencia de extremos gráficos caricaturescos podría hacernos pensar, a medida que leemos el libro, en que el lector se encuentra hojeando las páginas de un álbum fotográfico coetáneo a las tribulaciones del protagonista, para el que Tolstói se inspiró en una persona real[5]. O ante el story board de una producción audiovisual. Certeramente, los encuadres de Henestrosa remiten a ciertos lenguajes fotográficos y cinematográficos.

La práctica fotográfica se halla, por cierto, presente en la novella de Tolstói. En el sexto capítulo, Ilich repara en un álbum de fotografías únicamente cuando comprueba que una de los esquinas de bronce que robustecen el volumen ha dañado el barniz de una mesa dispuesta en la habitación durante cuyo acondicionamiento el protagonista sufrió una caída causando probablemente una herida interna que, a la postre, le llevaría a la tumba. Tolstói, que hace sentir incómodo a Ilich a causa del desorden de las fotografías del álbum, que reordena, desaprovecha la ocasión para glosar la relación entre fotografía y memento, entre fotografía y vanitas, entre fotografía y melancolía, en fin, unas reflexiones que habrían podido resultar de la mayor coherencia en el seno del relato. La prosa de Tolstói se limita en este punto a lo siguiente: “Entraba y veía que algo había hecho un rasguño en la superficie barnizada de la mesa. Buscó la causa y encontró que era el borde retorcido del adorno de bronce de un álbum. Cogía el costoso álbum, que él mismo había ordenado pulcramente, y se enojaba por la negligencia de su hija y los amigos de ésta –bien porque el álbum estaba roto por varios sitios o bien porque las fotografías estaban del revés–. Volvía a arreglarlas debidamente y a enderezar el borde del adorno”. Henestrosa no dedica ilustración alguna del álbum de fotografías de la familia [6].

Henestrosa 62-63

No obstante, esta reflexión melancólica que ha acompañado a la práctica fotográfica desde sus mismos comienzos, la ofrece Tolstói al inicio del capítulo quinto, pero sirviéndose de un retrato pictórico de Ilich y su esposa. “Cogió un retrato en que figuraban él y su mujer y lo comparó con lo que veía en el espejo. El cambio era enorme. Luego se remangó los brazos hasta el codo, los miró, se sentó en la otomana y se sintió más negro que la noche” (p. 63). Henestrosa, por su parte, ilustra el pasaje a página completa en la p. 62.

Como es sabido, el relato comienza con la noticia del fallecimiento de Ilich, ofrecida en una esquela publicada en el periódico que lee un compañero de trabajo y viejo amigo del difunto, Piotr Ivánovihc. El inicio mismo del trabajo gráfico (p. 6) nos sitúa frente al periódico, gracias a una vista posterior del lector, que lo sostiene en sus manos. Frente a la inspiración rusa de diversos elementos visuales a lo largo del trabajo de Henestrosa, como, por ejemplo, el crucifijo ortodoxo que se aprecia en dos ocasiones de forma exenta (en las pp. 70 y 98; y que ha sido extraído de una composición mayor: un retrato de familia reproducido en las pp. 22-23), se ha recurrido a la lengua española para la escritura legible en el periódico[7].

Henestrosa 68-69Las ilustraciones de Henestrosa, realizadas al acrílico sobre papel en un formato similar al que tendría la publicación impresa –las más de las veces confeccionadas a doble página–, se sirven de un tan inteligente como efectivo empleo de los planos. Así, las vistas cenitales de las que se sirve cuando Ilich yace en la cama, desde la que ha tirado al suelo la mesilla o después de defecar (en los capítulos quinto y séptimo –pp. 68-69 y 78–, respectivamente), resultan acordes con la pequeñez que debe sentir el convaleciente en torno a su persona. Y por dos veces el lector se halla ante el cadáver de Ilich en un primer plano cortado que haría de continuar en el espacio mismo que se encuentra entre las manos de quien lee el libro. Así ocurre en el capítulo primero (pp. 12-13), en el instante en Piotr Ivánovich rinde sus respetos al cuerpo insepulto de Ilich en su féretro (pp. 114-115), y al término del capítulo duodécimo y último de la novella, cuando se describe el postrer aliento del protagonista.

Henestrosa 64-65Pero existe otro elemento que ha de seducir la imaginación de cualquier ilustrador que se enfrente al texto, y que lo hecho satisfactoriamente en la presente ocasión. Se trata de los episodios, no tanto oníricos cuanto lo que podrían considerarse fantasías de una mente afligida por el dolor y la ignorancia de los límites de la dolencia, que asaltan a Ilich. En el capítulo quinto la persona de Ilich presenta un tamaño insignificante junto a un monstruosamente gigantesco riñón y unas manos, asimismo, formidables, lo que se constituye en un fiel trasunto del tormento en que le sume el diagnóstico de que padece riñón flotante: “Recordó todo lo que le habían dicho los médicos: cómo se desprende el riñón y se desplaza de un lado a otro. Y a fuerza de imaginación trató de apresar ese riñón, sujetarlo y dejarlo fijo en un sitio” (p. 64). Del mismo modo, al comienzo del capítulo noveno encontramos otra de estas fantasías tormentosas en las que ha reparado Henestrosa: “Le parecía que a él y su dolor los metían a la fuerza en un saco estrecho, negro y profundo, pero por mucho que empujaban no podían hacerlos llegar al fondo” (p. 97).

Henestrosa 110-111Imaginaciones torturadoras que en todos los casos resultan ilustradas con aprovechamiento –una más de las bondades del trabajo de Henestrosa en esta magnífica aventura editorial–, como ocurre, para concluir, en la fabulosa representación taumatúrgica del lacerado Ilich con que se abre el último capítulo de la novella: “A partir de ese momento empezó un aullido que no se interrumpió durante tres días, un aullido tan atroz que no era posible oírlo sin espanto a través de dos puertas” (p. 111).

 

Notas:

[1] Para esta feliz iniciativa, la editorial Alianza no ha publicado una nueva traducción de la obra de Tolstói, sino que ha recurrido a una reimpresión de la realizada por Juan López-Morillas (Jódar, Jaén, 1913-Austin, Tejas, EE.UU., 1997), que fuera publicada por vez primera en 1995, y conjuntamente con otra de las novellas del autor, Hadyi Murad (Хаджи-Мурат, escrita entre 1897 y 1904; que no fue publicada sino póstumamente, en 1912). En paralelo a la publicación del libro ilustrado por Henestrosa, Alianza ha publicado otro volumen ilustrado, y con idéntico formato (27,8 x 20,2 cm): El duelo. Un relato militar, de Joseph Conrad, en traducción de Arturo Agüero Herranz y con ilustraciones, asimismo, del mayor interés firmadas por Bastian Kupfer.

[2] Guerásim constituye el contrapunto honesto a la red de mentiras que asfixia al moribundo. Tal vez su proximidad con los ciclos vitales por su trabajo en el campo le permite comprender el tormento de Ilich, y sentir verdadera lástima por él, extremo que enfatiza Tolstoi en diversas ocasiones. “Guerásim hacía todo con tiento y sencillez, y de buena gana y con tan notable afabilidad que conmovía a su amo. La salud, la fuerza y la vitalidad de otras personas ofendían a Iván Ilich; únicamente la energía y la vitalidad de Guerásim no le mortificaban, le servían de alivio”. TOLSTÓI, Lev: La muerte de Iván Ilich. Tr. de Juan López-Morillas. Ilustraciones de Mariano Henestrosa. Madrid, Alianza, 2016, p. 83.

[3] No obstante, la notable adaptación de Kaydanovski (Rostov del Don, URSS, 1946- Moscú, Rusia, 1995) se centra, durante su hora de metraje, en los padecimientos físicos y las fantasías del moribundo, sin recurrir, mediante flash-backs, a un tratamiento retrospectivo biográfico del protagonista, como sí ocurre en el caso de la escritura y, naturalmente, en las ilustraciones de Henestrosa que acompañaban el decurso de la narración en el volumen publicado.

[4] En una entrevista por videoconferencia mantenida con Henestrosa –reside en Estados Unidos desde 2011– nos confesaba que su decisión de recurrir al blanco y negro fue debida a la evocación de los grabados al aguatinta de Goya, cuyo recuerdo le asaltaba al leer la novella de Tolstói.

[5] “Como a menudo acontece en las obras de Tolstoi, La muerte de Ivan Ilich (1884-86) tuvo como punto de arranque un incidente en la vida real. Un magistrado del tribunal de Tala, Ivan Olich Menchikov, había muerto de cáncer abdominal en 1881; y un hermano del difunto fue quien dio cuenta a Tolstoi de los horribles sufrimientos que habían precedido a su muerte. El relato impresionó tan vivamente a Tolstoi que al punto comenzó a «imaginar» una obra en la que el personaje principal fuese un juez de tribunal provincial, hombre que a la intachable probidad en su profesión agregaba en su vida personal la honradez, la afabilidad y una clara afición al bienestar físico y moral”. Juan López-Morillas: “Nota preliminar”, en TOLSTOI, León: La muerte de Ivan Ilich. Hadyi Murad. Tr. de Juan López-Morillas. Madrid, Alianza, 1995, pp. 9-11. La cita procede de la p. 9. La editorial Alianza ha recurrido para su publicación reciente a signos ortográficos de acentuación, ausentes en la traducción original de López-Morillas y ha prescindido de la españolización (León) del nombre propio del escritor (Lev).

[6] TOLSTÓI, Lev: La muerte de Iván Ilich. Op. cit., p. 75.

[7] Henestrosa recibió el encargo de ilustrar el volumen en junio de 2015, concluyendo su trabajo en septiembre, para lo que procedió a una labor de documentación de fuentes visuales para los distintos escenarios, vestimentas y atrezo. Una de sus ilustraciones, la doble página en la que se representa a Ilich en una visita médica (p. 54) constituye, incluso, una apropiación de una pintura de Vladímir Makovski (Moscú, Rusia, 1846-Petrogrado, URSS, 1920).

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Acerca de juliocesarabadvidal

Julio César Abad Vidal es Premio Extraordinario de Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid, es Doctor en Filosofía (Área de Estética y Teoría de las Artes), Licenciado en Historia del Arte y Licenciado en Estudios de Asia Oriental, asimismo por la UAM. Desde su primera publicación, en 2000 y, en sus proyectos como docente y comisario, se ha dedicado a la reflexión sobre la cultura contemporánea con tanta pasión como espíritu crítico. Crédito de la imagen: retrato realizado por Daniela Guglielmetti (colectivo Dibujo a Domicilio); más información en https://juliocesarabadvidal.wordpress.com/2015/07/29/dibujo-a-domicilio-un-cautivador-proyecto-colectivo-socio-artistico/

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  3. Muy interesante el enfoque del artículo; la relación que establece entre la fotografía y el memento mori resulta muy apropiada con respecto al tema de la novela. Julio César Abad Vidal tiene además la virtud de decir mucho con muy pocas palabras, pero que son como pequeñas cargas de profundidad.

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    • Agradezco mucho tus palabras, Mariano. Y confío en que tu trabajo para la obra de Tolstói tenga continuidad con otros literatos de similar profundidad. Nuevamente, enhorabuena por tus ilustraciones y muchas gracias por tu comentario.

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