Yukio Mishima. Sus libros en España, VII. Autores de Japón

mishima

Ishihara, Shintaro: El eclipse de Yukio Mishima. Tr. de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés. Madrid, Gallo Nero, 2014.

En octubre de 2014 la editorial Gallo Nero tuvo la loable iniciativa de publicar la primera traducción en España de un volumen sobre Mishima escrito originalmente por un autor japonés. Se trata del ensayo de Shintarô Ishihara石原 慎太郎[1] , El eclipse de Yukio Mishima (Mishima Yukio no nisshoku  三島由紀夫の日蝕)[2], y puede ser considerada como la más importante aportación de los últimos años a la bibliografía mishimiana en España. Sus traductores, Yoko Ogihara y Fernando Cordobés, ya habían publicado pocos meses antes, y bajo la misma editorial, la novela de Ishihara, La estación del sol (Gallo Nero, 2014), una novela (Taiyô no kisetsu 太陽の季節) que hizo época en su país por su retrato de una descreída juventud japonesa de posguerra, y que fue distinguida con el más importante galardón de las letras niponas, el Premio Akutagawa, en 1956.

Ya desde el mismo título de El eclipse de Yukio Mishima, publicado originalmente en 1991, Ishihara plantea un acercamiento en absoluto encomiástico del personaje. El eclipse que da título al volumen constituye una mención crítica al de una destacada publicación del último Mishima: El sol y el acero (Taiyô to tetsu 太陽と鉄)[3]. Se trata de una suerte de autobiografía en la que resulta manifiesto de una manera frontal lo que se halla en el corazón de los personajes de ficción más queridos por su creador, el anhelo de lograr una transfiguración de lo tangible que es, al tiempo, una huida de la cotidianeidad, un apetito de sublimidad, que lo es también de comunión viril, y que Mishima trataría de satisfacer a través del grupo paramilitar del que será fundador en 1968: La Sociedad del Escudo (Tate no kai 楯の会), año, asimismo, de la publicación de El sol y el acero.

En efecto, a la edad de treinta años, Mishima experimenta un descubrimiento del propio cuerpo tendente a su forja, a su desarrollo, que confiaba en redimirle, según confesó en El sol y el acero, de la condición crepuscular y enfermiza que había caracterizado su infancia, su adolescencia y su juventud. Es entonces cuando se aventura, y sin dejar nunca de escribir con una prolijidad asombrosa, en el camino de la disciplina física, para la que recurriría tanto a prácticas autóctonas japonesas, en particular el kendô, como occidentales, concretamente, el culturismo, que contribuirá a difundir en el Japón de su tiempo a través de su aportación a un álbum fotográfico de Tamotsu Yatô publicado en 1966, y cuyo título podría traducirse como El Camino del cuerpo. Culturistas de Japón[4]. Esta transformación obrada en Mishima va a afectar profundamente a los protagonistas de sus obras, trasuntos de su personalidad, que no serán ya los reprimidos o solitarios hombres o mujeres que sueñan con una belleza ajena o con una acción que siempre les está vetada, sino que se identificarán plenamente como héroes.

Sin embargo, Ishihara contradice en su ensayo los logros de los que se vanagloriaba Mishima, lo que supone el desenmascaramiento de la autocanonización y mitificación de las aptitudes físicas del escritor. Así, sostiene: “¿Era Mishima un maestro del cuerpo? (…) ¿era Mishima poseedor de los reflejos y la capacidad innata imprescindible para dominar un arte físico? Al margen del culturismo, ¿reunía esas condiciones mínimas para la práctica de deportes cuyo fin último es la acción? La respuesta es no (…) los reflejos de Mishima eran desesperantes, dignos de lástima, incluso peligrosos” (pp. 44-45).

Ishihara, quien consulta al efecto con diversos expertos, sostiene que todos los grados alcanzados por Mishima en diversas prácticas y artes resultan sospechosos, muy por encima de sus aptitudes reales, flaco favor de quienes por generosidad hacia un escritor con talento, inflaban sus títulos, lo que conseguía apuntalar aún más el narcisismo de Mishima. Una oración de Ishihara parece resumir las tesis del autor, quien se lamenta de las fantasías pseudomarciales de un autor por el que sentía, no obstante, afecto: “La hipocresía que Mishima cometió consigo mismo fue que se regaló un cuerpo falso y trató de convencerse de que no lo era” (p. 40).

Mishima establecía con su muerte un nexo con una tradición de la casta samurái, una práctica ritualizada, y para entonces por completo anacrónica, con la que cerraba una vida dedicada a una escritura afectada por una profunda insatisfacción personal que desembocó los últimos diez años de su vida en una crítica acérrima del Japón contemporáneo, reivindicando, en cambio, la restauración del Japón pretérito sólidamente erguido sobre la dignidad imperial. Ishihara desbarata, asimismo, cualquier ilusión de virtud en el desarrollo de la acción última de Mishima: su suicidio tras una elaborada actuación, que critica abiertamente como contraria a los principios que el propio Mishima se jactaba de abrazar[5].

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Furubayashi, Takashi y Kobayashi, Hideo: Últimas palabras de Yukio Mishima. Tr. de Carlos Rubio. Madrid, Alianza, 2015.

En noviembre de 2015 Alianza publicó dos entrevistas concedidas por Mishima, una temprana, mantenida con Hideo Kobayashi 小林秀雄, y una tardía, realizada a escasos días de la muerte de Mishima por Takashi Furubayashi古林尚. Últimas palabras de Yukio Mishima constituye una réplica de una publicación italiana, titulada Le ultime parole di Mishima (Milán, Feltrinelli, 2001), en el que su traductor, Emanuele Cicarella, presentaba las mismas y únicamente las mismas entrevistas, que reunió motto proprio[6].

Ambas entrevistas resultan muy desiguales en extensión e interés. La primera, breve, fue concedida a un crítico literario poco después de la aparición de una novela de Mishima, El Templo del Pabellón de Oro[7] (Kinkakuji  金閣寺), publicada originalmente en  1956, y por la que el entrevistador siente una confesa fascinación. El mayor acierto del crítico consiste en señalar el solipsismo de su protagonista, Mizoguchi, un joven empequeñecido por sus complejos, quien destruirá el Pabellón de Oro de Yoshitmitsu Ashikaga. Como reconoce su protagonista, esa belleza, la del Pabellón, insoportablemente hermosa, resulta incompatible con su propia existencia. Por ello, Mizoguchi lo reduce a cenizas. Kobayashi destaca en el tratamiento de Mishima de su protagonista su incapacidad de relacionarse con otros personajes. Una circunstancia que le conduce a considerar la obra no tanto una novela cuanto un ejercicio lírico. Y no es menos certero en calificar de “terrible” el talento de Mishima.

La entrevista concedida a Furubayashi no conduce a Mishima a un ejercicio de autocomplacencia, como ocurría en la de Kobayashi. Por el contrario, se dirige al desmantelamiento del romanticismo del abrazo imperial de Mishima. Furubayashi, por ejemplo, lamenta la manipulación de la historia reciente de Japón, concretamente en su mitificación de los kamikaze. Y señala con pertinacia la tendencia de Mishima a alejarse de la realdad, preanunciando las consecuencias funestas de mezclar esas fantasías con la realidad. Furubayashi no podía saber entonces que tan sólo unos días más tarde Mishima desarrollaría su acción última, aunque es notable cómo, en al menos cinco ocasiones, Mishima indica que acometimientos por venir desvelarán lo que ocultan sus palabras.

Mishima es consciente de que esta habría de ser la última entrevista que concedería antes del 25 de noviembre y por ello resulta extraordinariamente explícito en calificar su voluntad de restablecer la dignidad imperial a una categoría divina como su auténtica “obsesión”. Pero es notable, asimismo, la necesidad de Mishima de cerrar capítulos, lo que es particularmente evidente cuando dirige sus críticas contra un país, Suecia, por su carácter “afeminado”[8]. El lector, no obstante, no puede dejar de pensar que servirse de ese país para la denuncia del curso de la política de la historia reciente, pudiendo haberlo hecho con otras muchas naciones en las que se persigue el estado de bienestar, no es sino una venganza por no haber recibido el Nobel. Galardón que, por haberle sido concedido a otro escritor japonés, Yasunari Kawabata, en 1968, haría harto improbable que pudiera conseguir.

Notas

[1] Para homogeneizar criterios con las traducciones que nos ocupan, transcribimos los nombres japoneses en el orden inverso al que lo hacen las lenguas de la órbita cultural china, en las que el apellido precede al nombre. En cambio, el orden correcto se conserva en las ocasiones en las que se emplean los caracteres japoneses.

[2] El volumen se acompaña de tres entrevistas concedidas por Mishima al autor en 1956, 1964 y 1969.

[3] Existe versión (que no traducción directa de este volumen): MISHIMA, Yukio: El sol y el acero. Versión de Luis Murillo. Barcelona, Círculo de Lectores, 2000. Fue reeditado con posterioridad, en 2010, por la madrileña editorial Alianza.

[4] 矢頭保: 体道日本のボディビルダーたち. 東京, ウェザヒル出版社, 一九六六年 (Yatô Tamotsu: Taidô. Nihon no bodibirudâtachi. Tokio, Guezahiru Shuppansha, 1966). Este álbum fotográfico está exclusivamente dedicado a mostrar los cuerpos de diversos culturistas nipones. El propio Mishima aparece retratado por dos veces portando una katana y ataviado únicamente con un fundoshi, siendo, asimismo, responsable del ensayo introductorio del volumen (pp. vii-ix).

[5] Y, así, escribe; “si Mishima hubiera sido un verdadero samurái de nuestros días, ¿por qué tenía que humillar a un comandante y maniatarle? Ese hombre murió tres años después del incidente. Nunca superó la humillación sufrida. No supo cómo lavar su honor y murió sin redimirse. De algún modo, su muerte fue provocada por la indignación. Incluso sus superiores en las Fuerzas Armadas de Autodefensa, tampoco se olvidaron del incidente. Uno de ellos llegó a decir que hubiera sido mejor que Mishima hubiese matado al comandante” (p. 56).

[6] Como  Cicarella indicaba en un correo electrónico que nos dirigió el pasado 25 de diciembre.

[7] MISHIMA, Yukio: El pabellón de oro. Versión de Juan Marsé. Barcelona, Seix Barral, 1963. Fue el único título publicado, y en traducción indirecta, en España en vida de Mishima.

[8] “Hace ciento cincuenta años, Suecia perdió una guerra con Rusia y, por no haberse recuperado de la herida, tengo la impresión de que se ha convertido en un país afeminado que vive en el relativismo” (p. 58).

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Acerca de juliocesarabadvidal

Julio César Abad Vidal es Premio Extraordinario de Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid, es Doctor en Filosofía (Área de Estética y Teoría de las Artes), Licenciado en Historia del Arte y Licenciado en Estudios de Asia Oriental, asimismo por la UAM. Desde su primera publicación, en 2000 y, en sus proyectos como docente y comisario, se ha dedicado a la reflexión sobre la cultura contemporánea con tanta pasión como espíritu crítico. Crédito de la imagen: retrato realizado por Daniela Guglielmetti (colectivo Dibujo a Domicilio); más información en https://juliocesarabadvidal.wordpress.com/2015/07/29/dibujo-a-domicilio-un-cautivador-proyecto-colectivo-socio-artistico/

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