¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

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Una nueva traducción, anotada y con una prolija y documentada introducción, de Julián Díez (Madrid, Cátedra, 2015)[1], constituye una magnífica oportunidad para conocer o recuperar una obra canónica de la ciencia ficción que en breve cumplirá medio siglo de su escritura, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick[2]. Una novela que interesa aquí por su carácter distópico, por ofrecer en el tratamiento de los androides una relación marcada por un violento agonismo y por la pertinaz presencia de lo entrópico, a menudo explicitada en las oraciones del narrador omnisciente.

Cuando el lector comienza la novela, asiste a lo que ocurre en un apartamento en el suburbio de San Francisco. Es el 3 de enero de 1992 y una pareja, Rick Deckard y su esposa Iran, acaba de despertar, rutinariamente, a un mundo de pesadilla. Han pasado varios años (la cifra no se precisa) desde el cese de la Guerra Mundial Definitiva. El mundo sigue dividido entre Este y Oeste, aunque en la actualidad ambos bloques cooperan. Aquellos que sobrevivieron están amenazados por la radioactividad en dos aspectos: la salud o las capacidades mentales y la capacidad reproductora. La humanidad, la perpetuación de la especie está, así, doblemente amenazada: psíquica y físicamente.

Tal vez para evitar un suicidio colectivo, se ha desarrollado el Climatizador de Ánimo Penfield, un costoso sistema que permite acceder a los estados de ánimo que previamente se le programan. Existe la libertad de elegir el estado de ánimo, es cierto, pero se delega el curso de las pasiones a la máquina de estimulación anímica. Los más de los casos, crea una ilusión que cercena la desesperación de una existencia miserable: en la Tierra, en un apartamento prácticamente deshabitado del suburbio, y con una alienante programación televisiva. A este mundo llegan en ocasiones androides renegados que constituyen una amenaza para la humanidad, por cuanto deben ser ejecutados. Para ello trabajan los oficiales de policía (Dick no presenta ulteriores conflictos en esta sociedad), quienes deben acabar con los androides al reportar esta aniquilación incentivos que les permitirían llegar a fin de mes de una manera menos achuchada.

La humanidad presume de sus capacidades empáticas, aunque los personajes de la novela son seres solitarios y la única pareja –la del propio protagonista– está en crisis. La empatía (o también la conmiseración), es la clave de bóveda de una suerte de secta new age (sin rito, sin historia), el Mercerismo, en la que el creyente acompaña en un viaje virtual a un anciano que asciende una montaña para morir en la esperanza de una resurrección que siempre se produce, como si a uno le mataran en un videojuego y pudiera volver a comenzar la aventura con cada nuevo encendido. Un viaje, no obstante, no exento de un cierto peligro bajo el modo de unas piedras que le son arrojados al viajero espiritual y que producen, en efecto, heridas al seguidor. J. R. Isidore, un hombre que no lo es para esta sociedad distópica por haber sido declarado intelectualmente mermado (“especial” eufemísticamente, otros personajes le llamarán “cabezahueca”), y que trabaja en una clínica veterinaria para animales mecánicos, caracteriza la figura de Mesmer como “una entidad arquetípica  procedente de la estrellas, superpuesta  en nuestra cultura por un esquema cósmico” (p. 191). Tal vez su desclasamiento justifique su complicidad con los androides, marginados como él, de los que será víctima, sin intuirlo, pues aun cuando descubre lo que son no deja de admirar lo que considera como superioridad intelectual de los androides sobre los humanos.

La Tierra, así, es un mundo detestable, habitado por aquellos que no han logrado ahorrar lo suficiente para comprar un pasaje a las colonias planetarias (hay varias, pero se habla siempre de Marte) o aquellos que, o bien por su debilidad mental o por su esterilidad son condenados al ostracismo por la humanidad. A este mundo llega el lector para acompañar a un ambiguo Rick Dekard en su matrimonio rutinario, en su obsesión por la precariedad económica, en su denodada persecución de androides para cobrar recompensas. Y no por una desmedida codicia. Rick ambiciona poder comprarse un animal de verdad, último vestigio, junto al humano, de la vida preapocalíptica, aunque resulten prohibitivos. El motivo tiene tanta importancia que Dick lo sitúa a lo largo del capítulo primero, junto a las primeras referencias al culto de Mercer. Y es que el sistema ha elaborado una perversa forma de consumismo, moviendo a los terrícolas al cuidado de simulacros mecánicos de animases, más asequibles, afirmándose que en este afecto hacia lo animal (por artificial que sea) pervive aún lo que define la dignidad humana. Deckard cuida a una oveja eléctrica (motivo que da título a la obra), a la que odia por sentirse tiranizado por algo que no es sino una máquina muy sofisticada, la misma consideración que le merecen los androides; “como los androides, es [su oveja] incapaz de apreciar la existencia de nadie más” (p. 166). Su vecino, Bill Barbour, quien presume de criar una yegua, que para más inri está preñada, le dice, “sabes lo que la gente piensa de quienes no cuidan de ningún animal; lo consideran inmoral y antiempático” (p. 137).  Y la crueldad hacia los animales abunda en las situaciones hipotéticas que se ofrecen (véase el capitulo quinto) a quien se examina mediante el test Voigt-Kampff, que se considera infalible en el reconocimiento de los androides último modelo: los terribles Nexus-6 (a cuya caza se consagra Deckard desde el principio y hasta el final de la novela).

En la imaginación de Dick, la evolución no es sino un remake. En el modo en que se refiere a la colonización de otros planetas nos parece hablar como lo harían los colonos de las películas del Oeste. Y si las ciudades americanas, tanto en el Norte como en el Sur, recurrían a nombres de ciudades europeas de la metrópoli de que fuera en cada momento histórico y marco de influencia –como resulta evidente en el caso hispanoamericano con los topónimos españoles o en el actual territorio de Estados Unidos, en el que es recurrente la repetición de topónimos con el prefijo New: como New London, New Orleans, o New York–, Dick nos habla de una Nueva Nueva York. Y Nueva América es el nombre del principal asentamiento estadounidense en Marte, sabremos en el segundo capítulo. Así pues, en este mundo del futuro, y aun en otros territorios planetarios, se mantienen las fronteras patrias.

Philip K. Dick confesó que se sirvió de los androides para hablar de aquellas personas que, bien por un exceso egoísmo, bien a causa de desórdenes mentales, habían perdido la capacidad de empatizar con sus semejantes, lo que en su opinión les priva de su dignidad e identidad humanas. No obstante, en su tratamiento de la soprano androide Luba Luft, que desea ser humana, comportándose en todo como tal, y rehuyendo a sus semejantes, Dick nos guía, sin pretenderlo, a un horizonte muy diferente del de las entidades “deplorables”, como se dirige a ellas en una grabación de audio rescatada en el documental Sacrificial Sheep (Charles de Lauririka, 2007).

La inevitable referencia a Blade Runner

Ridley Scott, por su parte, y es que resulta inevitable recordar aquí la película que esta novela inspiró, Blade Runner –aunque un análisis comparativo entre ambas obras precisaría un tratamiento monográfico­–, prescinde del carácter negativo que los androides (los que satisfactoriamente retrata Dick de acuerdo a su propia hipótesis) para hacerles, en cambio, compañeros, cómplices, camaradas, llegando incomprensiblemente uno de ellos a salvarle la vida al protagonista. Scott tampoco puede evitar intentar tramar una historia de amor entre Deckard y una androide, pero la apunta en un final abierto, incapaz de desarrollar lo que les deparará el futuro. Dick escribió su novela en 1966, aunque la primera edición de Do Androids Dream of Electric Sheep? fue publicada en 1968 (Nueva York, Doubleday), ambientándola veintiséis años después de la escritura, un plazo que no parece consecuente con la cantidad de transformaciones científicas que establece la novela, aunque, entre otras detalles que nos parecen ahora ingenuos, las televisiones deben seguir empleando antenas. Por su parte, Ridley Scott, quien estrenó su película en 1984, ambientado su acción en 2019 en Los Ángeles, en lugar de en San Francisco,  transformó este material en una de las películas más hacedoras de iconografía de los últimos cincuenta años, una película que el autor de la novela no alcanzó a ver antes de su muerte, por lo que únicamente podemos conjeturar acercar de la opinión que le merecería, aunque consta que sí aprobó los materiales que alcanzó conocer. Las transformaciones son tan abundantes y profundas respecto de la novela que puede hablarse de un producto derivado más que de una adaptación al uso. La naturaleza de los personajes se transforma, desaparece el marco pseudoteológico tan importante para Dick, para, en cambio, dotar a los androides de una preocupación que podríamos denominar pretendidamente metafísica. En este sentido, Dick ofrece una imagen del androide como amenaza y Scott nos presenta al robot como susceptible de recibir nuestra conmiseración. Pero tampoco en ello resultan muy acertados sus guionistas porque a sus retratos les falta calado.

El carácter maligno de los androides de Dick resulta elocuente en una de las mejores partes del libro, en el capítulo dieciocho, con la sádica destrucción de una araña que corre en paralelo, muy inteligentemente, con la destrucción (que solo lo será aparente) de la clave de bóveda de la práctica pseudorreligiosa. En este sentido, el tratamiento de Luba Luft nos parecería inadecuado, por cuanto contraviene la definición monolítica d los androides como maliciosos. Luba Luft se nos presenta como una criatura que ama el arte, es una consumada soprano, y sólo la alcanzamos a ver fuera del escenario en una exposición de un pintor de los afectos perturbados como Munch. La atracción del Deckard  de Dick por una de las androides es puramente física. El Deckard de Scott, en cambio, se enamora en realidad de una androide. Y, por otro lado, cabría preguntarse si a Dick no se le escapa en algunos pasajes la humanización de sus androides, interpretando sus acciones aplicando parámetros humanos. Así, al comienzo del capítulo decimocuarto, transcribe así el modo en que la androide Pris presenta a sus semejantes Irmgard y Roy Baty a John Isidore; “Éste es el señor Isidore –dijo Pris–. Me está cuidando. –Las palabras estaban teñidas de un sarcasmo casi malicioso” (p. 270).

Finalmente, un aspecto crucial en la novela y sobre la que la película pasa con idiocia, estriba, como en otras obras de Dick, en el interrogante sobre la identidad del protagonista, sobre la posibilidad de que el perseguidor no sea él mismo semejante a uno de los que persigue, lo que provocaría un catastrófico desmontaje de la ilusión de su existencia previa a la agnición, a la anagnórisis. En esta ocasión, las dudas las siembra la más humana de las androides, la soprano Luba Luft en el capítulo noveno. La aclaración sobre lo infundado de esta suposición es clara, y esta peripecia conduce, además, a Rick a descubrir la existencia de una policía paralela conformada por androides.

Las potencialidades dramáticas y reflexivas de este conflicto son desconocidas por completo en la versión fílmica. Después de treinta años del estreno de la versión original, y los subsiguientes “Montaje del director” (2002) y “Versión definitiva” (2007), Blade Runner se mantiene vigente como una extraordinario aparataje visual inolvidablemente ornado por la música incidental compuesta por Vangelis. Pero también resulta discutible su arquitectura narrativa, a lo que contribuye lo aparatoso de un monólogo final, que, por lo intempestivo, frustra su pretensión de hermanarse con los inmortales logros de la imaginación trágica y, cuya experiencia hipnótica, la que el director pretende con su prodigioso imaginario, queda a cada paso truncada a causa de la lamentablemente ubicua presencia del actor al que se asigna el papel protagonista, pues su trabajo no sólo no resulta convincente, sino que constituye un elemento distanciador con cada infructuoso intento de abandonar su injustificable ataraxia.

Notas

[1] Julián Díez es coautor y coeditor, junto a Fernando Ángel Moreno, de una estimable iniciativa editorial: Historia y antología de la ciencia ficción española (Madrid, Cátedra, 2014) publicada en la misma colección (Letras Populares) a la que pertenece la traducción de Philip K. Dick que nos ocupa.

[2] Edición original: Do Androids Dream of Electric Sheep? (Nueva York, Doubleday, 1968).

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Acerca de juliocesarabadvidal

Julio César Abad Vidal es Premio Extraordinario de Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid, es Doctor en Filosofía (Área de Estética y Teoría de las Artes), Licenciado en Historia del Arte y Licenciado en Estudios de Asia Oriental, asimismo por la UAM. Desde su primera publicación, en 2000 y, en sus proyectos como docente y comisario, se ha dedicado a la reflexión sobre la cultura contemporánea con tanta pasión como espíritu crítico. Crédito de la imagen: retrato realizado por Daniela Guglielmetti (colectivo Dibujo a Domicilio); más información en https://juliocesarabadvidal.wordpress.com/2015/07/29/dibujo-a-domicilio-un-cautivador-proyecto-colectivo-socio-artistico/

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