La nobleza del fracaso

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MORRIS, Ivan: La nobleza del fracaso. Héroes trágicos de la historia de Japón. Tr. de Paloma Tejada Caller. Madrid, Alianza, 2010, 630 pp.

Cinco años después de la publicación de este ensayo en su versión española, nuestra confianza en que permanece imbatido por la hondura y la belleza de su investigación nos ha movido a recuperar nuestra reseña aparecida en la publicación académica Revista Iberoamericana de Estudios de Asia Oriental (REDIAO), nº 4, 2011, pp. 216-221 y 226-229 [DOI 10.3994/RIEAO.2011.01.011. ISSN: 1888-6566].

La nobleza del fracaso. Héroes trágicos de la historia de Japón

La aparición en el mercado editorial hispanohablante del extraordinariamente original y sugestivo ensayo dedicado a la historia de Japón por el insigne japonólogo Ivan Morris en 1975 (un año antes de su muerte), La nobleza del fracaso. Héroes trágicos de la historia de Japón ha de ser saludada como una aportación imprescindible en su campo[1].

El extenso volumen está articulado de forma muy simple, con diez capítulos dedicados a sendos héroes de la historia japonesa, a excepción del último, que se dedica monográficamente a los kamikaze 神風 y el primero, que hunde sus raíces en el mito, representando ambos una anomalía respecto a su estructura global: un capítulo dedicado a un único héroe cuya existencia histórica es irrefutable. El primer capítulo está dedicado a Yamato Takeru 日本武尊. El segundo, a [Totoribe no] Yorozu [捕鳥部] 万. El tercero, a Arima no Miko 有間皇子. El cuarto, a Sugawara no Michizane 菅原道真. El quinto, a Minamoto no Yoshitsune  源義経. El sexto, a Kusunoki Masashige 楠木正成. El séptimo, a Amakura Shitô 天草四郎. El octavo, a Ôshio Heihachirô 大塩平八郎y el noveno, a Saigô Takamori 西郷隆盛.

La particularidad del ensayo estriba, en primer lugar, en el criterio que el autor ha adoptado para el estudio de sus héroes, el de su caída, lo que conduce a Morris a sustentar una articulación antropológica extraordinariamente interesante respecto del pueblo japonés: su devoción por los héroes caídos en desagracia y que murieron por defender hasta el extremo sus propias convicciones. Una pauta antropológica que Morris denomina 判官贔屓 hôganbiki[2], aunque si existe un concepto que vehicula todo este ensayo es el de 誠 makoto (sinceridad), emblema de la mística del héroe derrotado[3].

Esta definición empática resulta particularmente interesante a partir del segundo capítulo, pues el dedicado a Yamato Takeru, cuyas aventuras están recogidas tanto en Kojiki 古事記 (Nakatsumaki 中巻), como en Nihon Shoki 日本書紀 (libro VII) y que muy probablemente constituyan una amalgama de diversas tradiciones heroicas, carece, tal vez, de una definición inapelable de un ideario, algo que sí comparten, en cambio, el resto de los protagonistas del ensayo. Pero la presencia de Yamato Takeru en la obra se justifica por su carácter pionero para el diagnóstico antropológico de Morris: el pueblo japonés atesora su conmoción ante la derrota de sus héroes. Sin embargo, Yamato Takeru (un sobrenombre–de acuerdo con Kojiki– le fuera dado por uno de sus enemigos, y que significa “el héroe”, o “el valiente de Yamato”), resulta un personaje colérico y sólo su negligencia en portar la espada sagrada Kusanagi-no-Tsurugi 草薙の剣con que se le había agasajado, precipita su caída. Una caída, no obstante que, por haber sido acompañada de emisiones poéticas, ha podido ser recordada y erigida en canónica de esta tradición.

El segundo capítulo define ya nítidamente el característico ideal heroico que Morris diagnostica como emblemático de la cultura nipona: el de quien, pese a saberse derrotado, no ceja en la pesquisa de su ideario virtuoso. Totoribe no Yorozu es, asimismo, el primero de los héroes de los que se ocupa Morris de quien se conservan fuentes históricas dignas de crédito[4], y que acaba su vida con sus propias manos para arrebatarle este triunfo a sus adversarios, articulando una definición canónica del guerrero japonés muchos siglos antes de la codificación de su ideal caballeresco; “la dignidad al afrontar una derrota revela el esplendor de la tragedia vital” (p. 46). Así lo hizo en el año 587, en un periodo marcado por las luchas intestinas precipitadas por la muerte dos años antes del Emperador Bidatsu, entre los dos clanes más poderosos del momento, los Soga y los Mononobe, estos últimos a la postre derrotados y a quienes seguía el caído Yorozu, quien se autoproclamaría como “Escudo del Emperador”[5].

Pero si el mítico Yamato Takeru y el histórico Yorozu son héroes intrépidos, la definición de la nobleza de los caídos que realiza Morris no se identifica esencial o necesariamente con el belicismo, como es explícito en las semblanzas del tercero y el cuarto de sus personajes. El Príncipe Arima, hijo del reformista Emperador Kôtoku, murió con dieciocho años. Su peso en el imaginario japonés, carente de cualquier significación inapelable en el curso de los acontecimientos históricos del país, procede de la dimensión de la melancolía sobre la que se erigen sus poemas. Y no por sus acciones, sino, y asimismo, por su conspicua influencia en la cultura, se define el heroísmo del siguiente de los protagonistas del relato de Morris, el erudito Sugawara no Michizane, quien parece haber renunciado en su defensa a cualquier medida subversiva, y quien sería deificado[6].

Su quinto protagonista, “perfecto ejemplo de derrota heroica” (p. 111), es Minamoto no Yoshitsune  源義経, perseguido implacablemente por su hermano mayor, Minamoto no Yoritomo, de quien se granjea su enemistad por no acatar sus órdenes, y que sería forzado al suicidio, mediante seppuku (la eventración de uno mismo), a los treinta años de edad, nuevamente en un período convulso a causa de los enfrentamientos de dos clanes militares que pretendían arrogarse el poder en nombre del emperador: los Minamoto y los Taira (siendo este último el derrotado en una gran contienda naval en Dan-no-ura en 1185)[7].

Los últimos héroes se los que se ocupa el ensayo representan personalidades mucho más activas que abrazan una causa con beligerancia y que se constituyen en modelos por su inquebrantable voluntad. Morris alaba a Kusunoki Masashige como “parangón de los mártires caídos por lealtad” (164), por su adhesión inquebrantable a la causa imperial de Godaigo en un panorama de general renuncia a esta virtud[8]. Las restantes figuras heroicas serán Amakusa Shirô, el héroe de la resistencia cristiana en tiempos de la política exterminadora de este credo en el Japón de los Tokugawa (s. XVII)[9], Ôshio Heihachirô, erudito neoconfuciano cuyo levantamiento en 1837 contra el gobierno denunciaba la corrupción política y moral de éste –quien, si no en la práctica, sí ofreció una profunda influencia sobre la conciencia de los ciudadanos japoneses-,[10] y Saigô Takamori, quien se levantó contra un orden que había contribuido a diseñar al constatar los vicios que comenzaba a manifestar, tan opuestos a su voluntad original, en una revuelta que concluyó en 1877 con su decapitación.

El último de los capítulos, el dedicado a los kamikaze 神風 resulta especialmente perturbador. No es que el capítulo carezca de nombres propios, sino que en su retrato colectivo, Morris se aleja extraordinariamente del esquema que ha conducido su investigación desde el comienzo. Lo que pretende Morris es un retrato incólume de todos los soldados kamikaze (unos cinco mil) como miembros de una identidad común. Y por ello enfatiza las prácticas que desarrollaban colectivamente (es especialmente revelador lo referente a su adiestramiento y, fundamentalmente, el sosiego previo a la salida en su acción última) y aquéllas que tienen en común (el respeto que guarda en lo referente a la transcripción de las notas de despedida de los kamikaze les otorga una dignidad que huye de lo lacrimógeno) de un proyecto que representó el cénit, tal vez, de una voluntad, y la más aplastante derrota de la misma, una confesión a la que Morris procede a través de la glosa de Mishima Yukio, el nombre del padre de este ensayo fascinante[11].

Morris no es un esteta fascinado por historietas y bravuconerías. Ni tampoco un cínico. Su retrato de la historia japonesa resulta conmovedor y punzante. La califica de “sanguinaria” (p. 249). Su portentosa erudición rescata la mención de numerosos productos culturales que dan fe de la presencia de estos héroes en el imaginario colectivo japonés. Pero en su definición de una cierta sensibilidad sobrepasa con mucho el marco geográfico y político al que remite pertinazmente. Si el lector logra estremecerse en sus páginas lo hará (y aun a pesar de condenar todo impulso belicista o el rumbo imperialista del Japón de la primera mitad del siglo XX, que el autor no patrocina en absoluto) por cuanto con su investigación Morris diagnostica, en el mismo seno de un desierto amenazado por el nihilismo, los valores de la voluntad y la sinceridad como los propios de disidencia.

Notas

[1]  Edición original: The Nobility of Failure. Tragic Heroes in the History of Japan, Nueva York y Toronto:  Rinehart and Winston, 1975.

[2] O “conmiseración por el caído”. Morris transcribe en rômaji  [transcripción fonética de la lengua japonesa mediante los caracteres romanos], (pues ni el original ni la traducción empelan fuentes japonesas) este haiku de comienzos del siglo XVII, compuesto por 松江重頼 Matsue Shigeyori; 世や花に判官贔屓春の風 Yo ya hana ni / hôganbiiki / haru no kaze (¡Ay, el mundo de los capullos / Hôganbiiki [compasión por el perdedor]  / Viento primaveral!”). Ibid., p. 481. La voz se compone de los sustantivos 贔屓 hiiki (“favor”)  y 判官 Hôgan (título del cargo oficial que ostentaba Yoshitsune).

[3] Pese a lo afirmado respecto de la ausencia de fuentes japonesas, tanto el ensayo original como su traducción han empleado, precisamente, el kanji de 誠 (makoto), de modo ornamental, para el comienzo de cada uno de sus capítulos.

[4] En el capítulo dedicado al Emperador Sujun 崇峻天皇 en  Nihon Shoki (libro XXI).

[5] El candidato a la sucesión imperial del clan Mononobe, el Príncipe Anahobe, fue asesinado por el clan rival. “Cuando se produjo la batalla, no había en el trono ningún emperador que legitimara a uno u otro bando, y sólo podría saberse quiénes eran los auténticos defensores del régimen una vez terminado el combate. Como reza un refrán japonés: «Los vencedores pasarán a ser el ejército imperial; los perdedores serán los rebeldes». Esta flexibilidad con que se define la idea de la lealtad al régimen explica el último lamento de Yorozu, cuando se define a sí mismo como «escudo del emperador» (Ôkimi no mitate). Puede que el héroe no tuviera a ningún emperador en la cabeza. Pero con estas palabras (o más bien, con las palabras que los compiladores [de Nihon Shoki] le atribuyen) estaba confirmando su lealtad, no a un soberano individual o particular, sino a las antiguas tradiciones japonesas representadas por la familia imperial” (p. 59).

[6] El centro de esta devoción se encuentra en el santuario Kitano Tenmangû 北野天満宮,  en Kioto.

[7] Yoshitsune recibió grandes honores de la Corte Imperial contraviniendo las órdenes de Yoritomo, quien estableció que las únicas dádivas podían proceder del sistema gubernamental marcial que había implantado en Kamakura. Morris introduce con este personaje histórico una nueva nota definitoria de la sensibilidad de la conmiseración hacia el derrotado, incidiendo, precisamente, en la falta de astucia de los caídos; “La falta de sentido práctico y de astucia política representaban en Yoshitsune unas limitaciones tan desastrosas que le provocaron la caída; pero desde el punto de vista japonés forman parte de sus virtudes más admirables, en tanto que se corresponden de manera natural con la sinceridad (makoto) que define al verdadero héroe” (p. 157).

[8] Morris pule toda idealización de la conducta de los samurái. En el contexto de su discusión de Masashige, afirma que, “En el Japón medieval, los samuráis, que tanto reivindicaban la generosidad de su entrega y el carácter desinteresado de sus servicios, normalmente combatían sabiendo que sus sacrificios y su valentía llamarían la atención de su señor y que éste al final los recompensaría con tierras o con cualquier otra prebenda material” (167). En el capítulo anterior, y como detonante del postrer y decisorio enfrentamiento entre los Taira y los Minamoto, había afirmado que “un breve estallido de violencia, en el que las distintas facciones opuestas a la Corte recabaron de forma poco prudente el apoyo de los líderes militares, puso de manifiesto que la estructura del gobierno aristocrático había quedado totalmente anacrónica. El poder real del país fue pasando rápidamente a manos de los samuráis, unos guerreros zafios y desdeñados a quienes los nobles habían utilizado durante siglos como lacayos para resolver disputas territoriales y para mantener el orden en las provincias y en la capital, pero cuyos líderes estaban ahora decididos a asumir personalmente el control de la situación” (115).

[9] 2010 ha conocido la publicación de un importante ensayo dedicado a la cuestión cristiana en el Japón de los siglos XVI y XVII. Se trata de la obra de Takizawa, Osami, La historias de los Jesuitas en Japón. Alcalá de Henares, Universidad de Alcalá, 2010. El volumen cuenta con muy importantes aportaciones documentales japonesas ofrecidas de modo bilingüe, lo que permite un conocimiento más global de una cuestión que había sido estudiada con anterioridad en España por diversos autores mediante el manejo de fuentes exclusivamente españolas.

[10] Hacia el final del capítulo que le dedica encontramos este conmovedor pasaje que sintetiza muchas de las virtudes de la prosa de Morris; “En una sociedad conformista y cerrada como es la japonesa, en la que se valora sobre todo el éxito obtenido dentro de un marco convencional perfectamente definido, se observa la especial fascinación que ejercen quienes, movidos por su singular personalidad y por su compromiso con una serie de ideales abstractos, se ven impulsados a romper con la «tela de araña social» para enfrentarse a la todopoderosa autoridad establecida en un acto de desesperado desafío (yake no yanpachi) (…) El sacrificio de hombres como Ôshio les permite salir de sus frustración, siquiera por delegación” (p. 302).

[11] “Según Yukio Mishima, lo que marcó el fracaso definitivo de los kamikazes no fue la rendición japonesa de agosto de 1945, sino el reconocimiento que hizo el emperador de no ser una criatura divina, hecho que tuvo lugar cinco meses más tarde. En Eirei no Koe («Voces de los héroes caídos») escribe que las «muertes irracionales» (higôri na shi) de los héroes kamikazes sólo tenían sentido si sus vidas estaban consagradas a un emperador-dios (kami naru Tennô no tame ni). Si esta creencia suya resultaba falsa, se habrían suicidado en un «sacrificio absurdo» (oroka na gisei). Cuando Hirohito negó su carácter divino en enero de 1946 (…), ello supuso la última traición a los héroes kamikazes” (n. 10.168, p. 585). Morris emplea con contumacia textos y declaraciones mishimianos a lo largo de su ensayo, pues el abrazo de Mishima a estos héroes nacionales al menos diez años antes de su muerte confiere claves valiosísimas para la comprensión de la compleja urdimbre de motivaciones que condujo al autor a su propicio suicidio ritual en 1970, tras alentar en el ejército el orgullo nacional y proclamar la necesidad de una nueva legitimación imperial. El propio Morris, gran conocedor de la obra de Mishima, pues había publicado en 1959 la traducción de una de las novelas emblemáticas mishimianas, Kinkakuji 金閣寺 (The Temple of the Golden Pavilion), confiesa que su estudio nació motivado por el estímulo de Mishima y que la muerte de éste le confirmó la necesidad de escribirlo. Ninguna lectura crítica, nos parece, que desee realizarse de la obra y la vida de Mishima puede desconocer este ensayo colosal de Ivan Morris.

[PS: debido a la naturaleza académica de este material, los nombres japoneses de persona se han transcrito, al igual en que aparecieron en la publicación, del modo en que presentan en su lengua original, como ocurre en el resto de los países de la órbita cultural china: . antecediendo el apellido al nombre de pila. Así, por ejemplo, se ha transcrito Mishima Yukio, en lugar de la forma Yukio Mishima, uso occidental que empleamos en este blog en materiales más divulgativos].

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Acerca de juliocesarabadvidal

Julio César Abad Vidal es Premio Extraordinario de Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid, es Doctor en Filosofía (Área de Estética y Teoría de las Artes), Licenciado en Historia del Arte y Licenciado en Estudios de Asia Oriental, asimismo por la UAM. Desde su primera publicación, en 2000 y, en sus proyectos como docente y comisario, se ha dedicado a la reflexión sobre la cultura contemporánea con tanta pasión como espíritu crítico. Crédito de la imagen: retrato realizado por Daniela Guglielmetti (colectivo Dibujo a Domicilio); más información en https://juliocesarabadvidal.wordpress.com/2015/07/29/dibujo-a-domicilio-un-cautivador-proyecto-colectivo-socio-artistico/

  1. Pingback: Ivan Morris, La nobleza del fracaso. Héroes trágicos de la historia de Japón | RIIN

  2. Irene Starace

    Me encantan tanto el libro como tu reseña

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  3. Fantástico libro. Cuando lo vi en la biblioteca de la Fundación Japón, inmediatamente lo devoré. Es una de mis referencias de cabecera sobre la cultura/historia samurái.

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