Cine y distopía (II): Ex Machina

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Caleb y las mácaras de Ava, como mirando a través del espejo

Con Ex Machina (Alex Garland, 2015), su primera película como director, Garland, conocido fundamentalmente por sus colaboraciones con Danny Boyle[1], plantea una película que aborda la cuestión del androide volitivo de forma intimista. Frente al gran despliegue y la acción de películas como las norteamericanas mencionadas en la anterior entrada, Cine y distopía (I), que únicamente representan una pequeñísima muestra de un género que ha deparado ya una cantidad desbordante de ejemplos, Ex Machina es una suerte de película de cámara (por su reducido número de personajes, lo acotado de su escenario y su vocación intimista) en la que asistimos a una truculenta versión del mito de Pigmalión, con un desenlace en el que la anagnórisis (el instante en que se produce el reconocimiento de la identidad de un personaje, en este caso, de sus intenciones últimas) identifica a esta obra con el carácter trágico común al género de la ficción de anticipación. Así, el aspecto más destacable de la trama de Ex Machina estriba en su desplazamiento, en un giro argumental  creíble, la primera impresión que conducía a pensar que se trataba de una nueva película sobre androides y empatía, para convertirse, finalmente, en una aportación del androide como amenaza, del acceso al punto de no retorno en el que la autonomía de los robots escapa al control humano, demostrando nuestra vulnerabilidad, la fragilidad de una existencia que ha creado a las máquinas –originalmente para aliviarla de su precariedad, o para alimentar nuestra inagotable avaricia–, y, por ello, amenazándola inexorablemente.

La de Pigmalión constituye una de las narraciones clásicas que permite reflexionar sobre la confusión o solapamiento entre el arte y la vida. Pigmalión, relata Ovidio en el décimo libro de Las Metamorfosis, era un solitario escultor de Chipre que ofreció en una estatua la representación del cenit de la belleza femenina –que creía imposible hallar en la realidad – y se enamoró de ella, acariciando su cuerpo y besando sus labios con frecuencia. Pigmalión fue finalmente bendecido por la diosa del amor, Venus, que dio vida a la estatua, desposándose, con el nombre de Galatea con su creador. El genio de la informática y de la robótica Nathan (Oscar Isaac) es, asimismo, un solitario, pero su enamoramiento no es una consecuencia, sino que con sus creaciones robóticas femeninas persigue, precisamente, la satisfacción de sus deseos como ninguna mujer, piensa, sabría hacerlo.

Nathan vive en una torre de marfil, unas instalaciones en un paisaje montañoso privado, apartado de la civilización y accesible por helicóptero. Las carreras no laceran las inmediaciones del territorio. Muy precozmente desarrolló el motor de búsquedas de internet Blue Book, el empleado casi mayoritariamente en el mundo, como se afirma en un momento del metraje. La prosperidad económica de Nathan está por encima de cualquier escala, al igual que la cantidad de información de los usuarios de su herramienta, que emplea para sus ocultos propósitos. Una de estas ocasiones es la que da comienzo a la trama: Nathan ha urdido un sorteo, amañado para seleccionar al privilegiado que hará un test a lo largo de una semana a una de sus creaciones, la última: Ava.

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Caleb y Nathan ante las vistas del paraje privado del segundo

El joven elegido para la prueba, Caleb (Domhnall Gleeson), de veintiséis años, se presenta como un antagonista de Nathan. Parece representar los ideales de pureza y bonhomía, y se maneja con buenos modales, frente a la tosquedad con que se presenta el anfitrión: obsesionado por su propia investigación, y por ello un tanto fáustico, alcoholizado, zafio y misógino. La candidez de Caleb, así, parece el reverso preciso de toda historia con villano. En este marcado maniqueísmo estriba una de los numerosos aspectos insatisfactorios del guión. Frente a esta dualidad meridiana, resultará mucho más complejo, por su carácter enigmático y, a la postre, impredecible, la contraparte femenina de la historia: la androide Ada (Alicia Vikander), hito en las investigaciones sobre inteligencia artificial de Nathan.

Ava constituye el séptimo eslabón en la cadena de creaciones androides de Nathan. Los restos de los cinco primeros ensayos fallidos (Lily, Katya, Amber, Jade y Jasmine) son atesorados en sendos armarios en el dormitorio de Nathan, que Caleb, como en una alusión al relato de Charles Perrault, Barba Azul, descubre. El sexto, Kyoko (Sonoya Mizuno) les acompaña bajo la forma de una atractiva mujer japonesa que no entiende el inglés: una sumisa servidora que le ahorra a su creador el disgusto de tener que conversar con ella, en una manifestación preclara de  la misoginia de Nathan.

El planteamiento de Ex Machina ofrece un punto de interés, el interrogante no ya de si los androides son capaces de tener las emociones que demuestran (podrían ser ejercicios miméticos vacíos, finalmente), sino si serían capaces de fingirlos para manipular mejor a los seres humanos más empáticos con los androides. Y Caleb, ciertamente, lo es. Los datos que ha recogido Nathan sobre él indicaban que sería un sujeto proclive (apenas sabemos nada de él, salvo que es huérfano y que no tiene novia) a identificarse con la soledad que transmite Ava. Aunque el punto de partida también emparente a esta película con el argumento de la batalla de talentos entre Nathan y Caleb (para a continuación hacerlo, no tan imprevisiblemente como pretende el guionista y director, a tres: con la introducción en la pugna de Ava), el combate resulta demasiado sucinto, adoleciendo de la misma escasez de desarrollo y profundidad que otros aspectos del largometraje. Del mismo modo, el desenlace dilapida las posibilidades de un tratamiento terrorífico, o al menos de suspense, satisfactorio. Todo se precipita y lo hace desapasionadamente, como si la existencia  humana, la de Nathan (independientemente de su mal carácter, es el protagonista de un combate entre hombres y robots, entre el creador y lo creado), no presentara dignidad. No existe en la pugna final entre androides y humanos la altura metafísica y poética que se desprende del moderno Prometeo (Ex Machina, como vemos, se halla tejida muy superficialmente por una nutrida red de referencias de la cultura popular), Viktor Frakenstein y su criatura, a la que, en la extraordinariamente rica escritura de Mary Shelley, su autor, tan cruelmente no llegó siquiera a poner nombre. E, incomprensiblemente, se plantea la sombra de la duda de la identidad del propio Caleb (episodio en el que sus brazos parecen ser, al tiempo, víctima y verdugo), sin que se conduzca a una conclusión cierta ni la mera incógnita plantee un desmoronamiento en el personaje. Ex Machina carece de profundidad en su planteamiento, y derrocha sus virtualidades estéticas, y la belleza de sus escenarios y del diseño de las androides,  para resultar, en definitiva, una película de entretenimiento que no llega del todo a resultar triste por la falta de empatía del espectador con sus predecibles personajes.

Finalmente, y como suele ser frecuente en las creaciones de anticipación, y en ello estriba uno de los puntales de la definición alegórica de estos argumentos, los nombres propios de los personajes parecen significativos. Ava es, como el primer androide dotado ya de inteligencia artificial, es decir con capacidad para desarrollar pensamientos, urdir tramas, mentir, la nueva Eva: la primera de una estirpe, como si Garland quisiera plantear ya la irreversibilidad del progreso de los humanoides y, de acuerdo con el desenlace de la película, la inevitabilidad de la ruina humana. Los protagonistas masculinos presentan, ambos, nombres hebreos. El sabio es Nathan, como el profeta de los tiempos del Rey David, aunque en este caso, su sapiencia no contribuya a la salud del reino. Su antagonista, Caleb, recibe el nombre de uno de los creyentes que dirigieron al pueblo hebreo a la tierra de Canaán, confiando, pese a la reticencia, el temor y la incredulidad de los más de sus compañeros, en la naturaleza promisoria del lugar y, por ello, demostrando su fe en los designios divinos. El acceso del Caleb de nuestra historia al territorio de Nathan no conlleva la prosperidad, sino, por el contrario, la desventura de ser enterrado en vida. De este modo, si el nombre de Ava representa una alusión metaliteraria congruente, los nombres de los protagonistas masculinos no resultan convincentes y su elección conduce, así, a levantar suspicacias.

Entradas relacionadas:

Cine y distopía (I).

[1] La relación comenzó con el rodaje de The Beach (La playa, 2000), cuyo guión,  firmado por John Hodge, adapta la novela de Garland, The Beach (1996). Con posterioridad, Garland firmaría los guiones de dos películas de Boyle: 28 Days Later… (28 días después, 2002) y Sunshine (2007).

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Acerca de juliocesarabadvidal

Julio César Abad Vidal es Premio Extraordinario de Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid, es Doctor en Filosofía (Área de Estética y Teoría de las Artes), Licenciado en Historia del Arte y Licenciado en Estudios de Asia Oriental, asimismo por la UAM. Desde su primera publicación, en 2000 y, en sus proyectos como docente y comisario, se ha dedicado a la reflexión sobre la cultura contemporánea con tanta pasión como espíritu crítico. Crédito de la imagen: retrato realizado por Daniela Guglielmetti (colectivo Dibujo a Domicilio); más información en https://juliocesarabadvidal.wordpress.com/2015/07/29/dibujo-a-domicilio-un-cautivador-proyecto-colectivo-socio-artistico/

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